martes, 30 de junio de 2026

Villegas Estrada en Valencia (marzo de 1939)

En la noche del lunes 30 de julio de 1945, mientras el escritor Rafael Cansinos Assens se halla sentado en el banco de la (entonces) calle General Mola, como todas las noches después de dejar a su novia Josefina en su casa, un hombre se le acerca al viejo escritor y le pide permiso para sentarse a su lado. Es un hombre —nos cuenta Cansinos— de unos cuarenta años, de pelo canoso y con el cuello torcido. El escritor le da el permiso y el hombre le ofrece un cigarro. Las bocanadas de humo entran y salen de los pulmones al aire cálido de la noche madrileña. El desconocido le explica a Cansinos que él era uno de los contertulios que acudían a la peña que Cansinos tenía en el café Colonial en los años diez y veinte, donde la bohemia madrileña de esos años había sentado sus cuarteles generales. Se ponen a recordar aquellas noches absurdas, brillantes y hambrientas. Ahora el hombre se dedica a la compraventa de fincas, dice, pero durante la guerra fue el director de un asilo en Valencia llevado por monjas.

—Imagínese que allí tuvimos a Mínguez, ¡al célebre Mínguez! —exclama.

Mínguez es «el amigo Mínguez» al que Cansinos le dedica todo un inolvidable capítulo en su Novela. Mínguez el bohemio, un joven de aspecto gastado y decrépito, calvo, sin dientes, y de cara arratonada, que vive de enseñar el alemán a sus amigos por un duro al mes y arrimado al mecenazgo menesteroso y encubierto de un bohemio criptoburgués como Ledesma Miranda. Pero Cansinos no dice nada, solo asiente.

Allí (pero no especifica si en el asilo o en Valencia) vio también al no menos célebre doctor Villegas, con un carnet comunista.

—Un día se despidió de mí, hasta la eternidad, dando por seguro que lo fusilarían los nacionales.

El hombre, por fin, aplastó la colilla del cigarro en el suelo. Luego dijo:

—A mí no me pasó nada. Las monjas me avalaron.

Después de media hora recordando aquellas noches, el hombre se despide y le dice su nombre, que Cansinos no retiene. Cuando quiere registrarlo en su diario, esto es todo lo que recuerda: que sonaba como Olazábal o algo así.

Esta anotación del Diario de posguerra 1945–1946 de Rafael Cansinos Assens, es la única mención que he hallado hasta el presente de Fernando Villegas Estrada, médico y poeta bohemio, autor de Café romántico y otros poemas (1927) en las memorias y diarios de Cansinos Assens. Como se puede ver, era también uno de los tertulianos del Café Colonial y, sin embargo, no parece haber llamado nunca la atención de Cansinos. Este no lo menciona ni una sola vez en su novela-bazar, en su novela-rastro La novela de un literato, por donde desfilan todos los bohemios del Madrid de los años diez y de los años veinte, harapientos y precedidos por su mal olor.

De esta breve escena, que yo he recreado un poco aquí para darle algo de perspectiva, pero que puede consultarse en la página 243 de la mencionada edición (según la versión de la misma que ha puesto en circulación la editorial Arca por Amazon), podrían extraerse algunas conclusiones: 1) Parece que Cansinos, en efecto, seguía sin saber quién era Villegas Estrada. ¿Cómo no se fijó en él, en las peñas del Café Varela o en las del Colonial, si testigos como González-Ruano y Marqueríe nos lo describen como un bohemio estrafalario vestido poco menos que con harapos? A Caninos esas cosas no se le escapaban nunca. Una ausencia inexplicable. 2) El hombre no dice que vio al célebre bohemio o al poeta Villegas; lo que pone de relieve al comentarlo es su condición de doctor, es decir, de médico. Quizás porque era en su condición de médico que había llegado a la costa levantina. 3) El que dispusiera de un carnet comunista, indica que Villegas estaba en peligro, pues lo más probable es que hubiera huido a Valencia después del golpe de estado de Segismundo Casado contra el gobierno de Juan Negrín en marzo de 1939. La guerra ya se daba por perdida. El pánico se desató en la población madrileña por miedo a las represalias de los nacionales. Muchos vieron la única salida posible en el Mediterráneo, y empezaron a huir en masa hacia los puertos del levante español por la carretera de Valencia. Para un teniente médico madrileño como Villegas (así lo pinta Carrere en La ciudad de los siete puñales), no era tan difícil la huida, desde el punto de vista logístico. Podía requisar alguno de los vehículos que controlaba el Cuerpo de Sanidad, llenarlo de gasolina y conducir a toda prisa. No lo haría solo, además. Por entonces había corrido el bulo de que varias potencias europeas como Francia y Gran Bretaña habían fletado decenas de barcos mercantes para evacuar a los refugiados y militares republicanos antes de que llegaran los franquistas. Pero al llegar a la costa levantina se llevaron el chasco de su vida: ni rastro de los barcos salvadores, mientras que las fuerzas de Franco, con ayuda de una división italiana, bloquearon los puertos de Valencia y Alicante. En aquella coyuntura, Valencia se convirtió en una trampa mortal. Si Villegas Estrada llevaba todavía el uniforme y las insignias de teniente médico del Ejército rojo, su destino estaba cantado: una ejecución sin juicio frente al paredón, como el propio Villegas temía según el relato del desconocido. ¿Habrá muerto Villegas Estrada a finales de marzo o principios de abril de 1939 en Valencia? Difícil responder. De un artículo que le dedicó Emilio Carrere en 1945, que este que describe un encuentro entre ambos en el rastro de Madrid, se deduce (pero solo se deduce) que la escena tuvo lugar después de la guerra. ¿Se habrá confundido Carrere de tiempo? (Aunque quizás el confundido soy yo). Imposible responder sin más información. Pero al menos tenemos ya un nuevo punto, y un punto realmente importante, para seguir trazando más líneas y lograr descifrar el dibujo.

sábado, 30 de mayo de 2026

La América zombi

Me entero de que los senadores del partido conservador están muy disgustados con el llamado fondo de compensación por instrumentalización de la política de 1776 millones de dólares (cifra carismática en el año del 250 aniversario de la nación) que prepara la Casa Blanca para recompensar las tropelías cometidas por los sublevados que, a las órdenes del ahora y también entonces presidente del país, asaltaron el Congreso de los Estados Unidos de América, con el objeto de linchar al vicepresidente Pence, evitar la alternancia pacífica del poder presidencial después de las elecciones y dar así un golpe de estado que permitiera al entonces y también ahora presidente mantenerse en el poder a pesar de haber perdido las elecciones de noviembre de 2020. Al parecer, según algunos testigos de la reunión entre senadores conservadores y el ministro de justicia en funciones, un fulano con cara de sapo llamado Todd Blanche, muchos de los dichos senadores estaban muy cabreados con la idea y las explicaciones del sapo Blanche. No las han podido tragar, y mucho menos digerir, porque les saben a eso, a sapo. ¿Pero y qué van a hacer? ¿Oponerse a la medida? ¡A buenas horas mangas verdes! Ni pueden ni van a hacer nada porque ya no son más que una pandilla de pusilánimes y de meapilas, sin fibra moral ninguna y de una astronómica cobardía, que han estado haciendo la vista gorda y dejado hacer y deshacer lo que le ha dado la gana al actual —y también entonces— inquilino de la Casa Blanca. Lo que pasa es que ahora se dan cuenta por fin de que la historia, o por lo menos los historiadores (si es que aún queda alguien honesto en el país para entonces) van a ser implacables con ellos cuando llegue el momento de dar cuenta y de pasarles la factura de la infamia irredimible de estos tiempos de ignominia y descrédito. Pero déjenme que les aclare primero quién es Blanche, para que así entiendan mejor la situación. Como decía arriba Blanche es el ministro de justicia interino de los Estados Unidos. Es interino porque todavía no ha sido confirmado. Pero está haciendo méritos para que su amo, el presidente, lo nombre oficialmente para el puesto. En este país el ministro de justicia no es sólo el ministro de justicia, es también el fiscal general de la nación, y, por tanto, es el principal brazo ejecutor de las leyes del país. En España, ambos cargos son independientes, al menos en la letra de la constitución (tal vez luego la realidad de la política impone otras dinámicas, pero lo cierto es que, al menos en teoría, pueden actuar de forma independiente). La predecesora de este fulano Blanche, la señora Pam Bondi (bad Bondi!) fue despedida no hace mucho por su amo, el presidente, de ese puesto codiciado ahora por el sapo Blanche. Despedida por no ser lo suficientemente diligente en hacer desaparecer a tiempo o por lo menos ocultar los papeles de Epstein, como le había pedido su amo, el presidente, y por no esforzarse con el denuedo apropiado en perseguir judicialmente y tratar de encarcelar a los enemigos políticos específicos que le indicó su amo, el presidente, en un mensaje que se hizo público. Blanche está mostrando mucha mayor diligencia y empeño en esta última línea de trabajo. Pero volviendo a los senadores: están muy enfadados porque este nuevo atraco del presidente a las arcas públicas de la nación, les pone por fin a su cobardía, a su sordidez moral y a su traición a la Constitución americana un broche que tiene todo el brillo del oro de las treinta monedas de Judas, y que eso ya se quedará registrado para siempre en las páginas más demeritorias de la historia de este país. Porque bien saben, aunque no lo digan ni lo quieran reconocer, que la América que conocíamos murió aquel 6 de enero de 2021. La América que ahora anda a trompicones por ahí, sin saber adónde va y huyendo hacia adelante es un zombi que aún no sabe que está muerto. Sí, como los zombis, todavía camina y es capaz de destruir y de devorar todo lo que se le ponga por delante, pero ya no es más que un cadáver, un autómata galvanizado por sus propios reflejos de un poder que se le escapa de las manos. Murió aquel día y la remataron poco después estos mismos senadores que ahora se echan las manos a la cabeza, cuando empezaron a templar gaitas y finalmente absolvieron al entonces (y también ahora) presidente en el juicio político de destitución iniciado contra él por el Congreso. Este inicuo fondo de cerca de dos mil millones de dólares a repartir entre los secuaces y los amigos del presidente, de carácter secreto y sin ninguna supervisión, revela con toda claridad hasta qué punto han traicionado estos políticos a su propio electorado. La corrupción de la Casa Blanca es un espectáculo diario que ya ni siquiera se pretende disimular. Algunos se están despertando ahora. Otros aún siguen dormidos en un sueño irresponsable, anestesiados por su propia ignorancia. Pero el ridículo dinosaurio naranja sigue ahí, como uno de esos zombis de las películas que ignoran ya han muerto, atrapado entre las cuatro paredes de una casa que amenaza derribar antes de que todos (y sobre todo él mismo) se den cuenta de que es un zombi.

domingo, 15 de febrero de 2026

Flores enfermas, de Antonio Cruz Romero



Recibo uno de los últimos libros del joven poeta almeriense Antonio Cruz Romero, quien, lejos de ser solo poeta, es también narrador, crítico literario y cultural, traductor (sobre todo de poetas holandeses), notable hebraísta y dinámico bloguero: Flores enfermas (Piélagos: Libros del Aire, 2023). En el título, hay un guiño evidente a Baudelaire, pero ¿es el libro realmente baudelairiano? Es inevitable pensar en ello, y además uno suyo encabeza los numerosos epígrafes de la primera página: “Le dedico estas flores enfermizas”, que, como todo el mundo sabe, no es un verso sino las últimas palabras de la dedicatoria liminar a Théophile Gautier que figura en el famoso poemario, el primero de la modernidad. (¿Y quién está detrás de ese pronombre de objeto indirecto? Porque es obvio que no se trata de Gautier, sino quizá de Eva, la afortunada dedicataria del poemario: “por enseñarme el significado de las flores enfermas”). ¿Las flores como tema? ¿Qué clase de flores? Tal vez: los poemas de nuestro tiempo; pero ¿de un tiempo enfermo?

El libro se divide en dos secciones, tituladas “Cartografía fúnebre” y “Solo los amantes sobreviven”, respectivamente. Hay un aliento, un soplo, un hálito visionario que recorre todo el libro. ¿Pero se trata de un realismo visionario o de un expresionismo realista? A mí me parece que se trata más de un existencialismo militante que trata de absorber, de bombear, de exprimir la luz que se esconde en la rugosa o fea realidad, la luz que se oculta en las cosas: extraer el zumo visionario que empapa o que se agazapa en las tupidas fibras de lo que nos rodea. La física subatómica nos dice, desde Rutherford, que lo que parece compacto está en realidad hecho de vacíos. Tal vez la poesía es una manera de formular el vacío que acumulamos, el vacío que somos.

Las alusiones viajan por el tiempo y el espacio, y por la lengua y la cultura (siempre en plural) como si todo fuera un magma de correlaciones electrificado por la corriente poética, a la manera de los imanes de Faraday, capaces de revelar la fuerza interior del vacío al organizar en campos magnéticos las virutas de hierro y darle sentido a ese vacío. También el vacío de la vida está lleno de signos y virutas en busca de significado: de nuestro significado en el mundo (véase “El pájaro del cementerio de Zorgvlied”, poema que se relaciona con otro anterior, “La tumba de Wigman”). La convicción que expresan estos poemas es que la vida costea de manera permanente el litoral siempre cercano de la muerte. No en vano esta sección del libro exhibe un esencial (y hasta exótico) romanticismo de cementerios. Contraste duro entre la vida y la muerte, entre la luz radiante de la mañana, del aire fresco y claro que habitan los pájaros, frente a la sombra y la herrumbre que empapan esa tierra llena lombrices. El poeta es el loco, el desnortado Hamlet que acude a los cementerios a buscar un sentido a la existencia (“El cementerio de Buiksloot”), como si exprimiendo tanta oscuridad y tanta herrumbre pudiera sacar unas gotas de luz desesperada. Así entiendo yo “Cartografía fúnebre”. El realismo de lo cotidiano se combina adrede con ramalazos visionarios para expresar este dualismo trascendente, para quebrar esa realidad, igual que un relámpago cuartea la negrura de la noche.

Los poemas de la segunda parte, por el contrario, están dominados por una grande avidez por absorber todo lo que rodea al ser amado: este no es solo un ser; es todo el mundo que conlleva, como se ve en el poema “Celosía”. Ajeno al formalismo, el poeta habla en sus poemas, más que en versos, en versículos animados por el viento de la vida misma, por el ritmo de la respiración de las palabras, no el de los acentos o las rimas. Es también la respiración de los cuerpos que jadean unidos al amarse. Aparece el poeta, en esta segunda sección, poseído por la idolatría del otro, que se fundamenta en gustos, en un romanticismo de signos, en paseos por Ámsterdam, en una mitología moderna hecha de películas, de actores, de libros, que salta de Virgilio a Nosferatu, de Isaac Luria a Ava Gardner y a Bogart, o de las citas bíblicas a Edgar Allan Poe. Los amantes están inmersos en el hipertexto del mundo, como si ese hipertexto fuera el tejido de la colcha que los envuelve en su lecho de amor, un universo de signos en el que ellos mismos (y también nuestras vidas) son signos. Pero ¿qué significan? Signos a la deriva, pero ¿sin rumbo?; quiero decir, ¿sin sentido? Solo el amor les da su significado. El amor es el único antídoto contra la muerte, contra el sinsentido de la vida. Eros contra Tánatos. El amor siempre aporta ese extraño asombro de no pertenecernos, de dejar de estar dentro de nosotros mismos, de que otra persona se apodere del rumbo de nuestro destino, de los dominios de nuestro territorio personal, de nuestro propio cuerpo, de nuestro barco por el mar de la vida. Es el asombro y la terrible realidad de dejar de poseernos a nosotros mismos. Por eso el amor tiene siempre algo de cataclismo y de revolución. Como decía Luis Cernuda en “Los placeres prohibidos”, “libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofríos”. Pero esa pertenencia, con la correspondiente desapropiación de uno mismo, es doble: los seres que se aman no comprimen, sino que expanden sus universos. Son dos universos que se juntan, dos reinos que se unen para transformarse en otra cosa, en otro reino. Los poemas de “Solo los amantes sobreviven” están embargados por ese asombro, respiran la libertad de ese encierro, celebran la derrota o el éxito de esa capitulación individual, de ese saberse amos y a la vez esclavos del otro. En “Ostracismo” el poeta declara esta perplejidad: “aún no sé dónde empiezas tú y dónde termina el mar […] / acaso no existes, quizá te he inventado yo”. ¿Inventamos a esa persona para reinventarnos a nosotros mismos? ¿Para volvernos otros? La drástica declaración con que empieza el poema titulado “La balada de la sirena y el marinero” expresa ese voluntario suicidio espiritual: “Esta noche voy a naufragar en tus ojos”. El poeta es el marinero que prevé su muerte por ahogamiento.

El poemario contiene cuarenta poemas: diecisiete en la primera parte y veintitrés en la segunda. Las citas, los epígrafes, los guiños literarios, las alusiones a Bécquer (“con sus muertos eternamente mudos / tan solos” o en “volverá, seguro que volverá / el zorzal…”) a Machado (“Mi infancia son recuerdos de veranos”), a Shakespeare, a Eliot, a Cernuda (“la noche […] colmada de realidad y hasta de deseo”), a Nerval, a Jack the Ripper, las alusiones a personajes reales o de la ficción literaria o fílmica, a músicos, etc., forman una cartografía cultural que es como una malla súper resistente, la telaraña hipertextual de la realidad, en la que nos debatimos, a la que estamos adheridos y de la que no podemos librarnos: nos balanceamos en ella como los elefantes de la absurda tonada popular. Nos morimos en ella, por ella y con ella.



sábado, 15 de noviembre de 2025

Cruce de destinos (Du nouveau chez Nouveau)



Milton pedía que el poeta fuera él mismo un poema (véase el pasaje en prosa titulado «A True Poem»). Tal vez nadie haya logrado llevar a cabo esta aspiración con tan alto grado de perfección como el poeta francés Germain Nouveau. Hacer de la vida de uno un poema es quizás el mejor logro que un poeta puede esperar del cultivo de una pasión que en realidad no sirve para nada en el mundo en que vivimos, salvo para conocerse y conocer el mundo y aprender a morir. Quizá eso es lo que le ha permitido a Germain Nouveau un puesto —indudablemente modesto, pero único— en la literatura universal y la perduración de su obra, contra todo pronóstico. Una obra hecha de impresiones y de vislumbres que no parecen dotadas de la suficiente entidad como para resistir el agresivo vendaval de la historia, pero que ahí siguen. Eso y su amistad personal con Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Tres destinos que yo considero como los más emblemáticos del simbolismo. Quizás, incluso, los más emblemáticos de un siglo desbordante de magnífica poesía. Tres destinos basados en la renuncia: a lo mejor de sí mismo, en el caso de Verlaine; a la literatura, en el de Rimbaud; y a la sociedad, en el de Nouveau, quien renunció también a la literatura e intentó destruir por todos los medios sus poemarios.

Desde la salida, a finales de 2015 (hace ya la friolera de diez años) de mi traducción de Saber amar, muchas cosas han sucedido relacionadas con la vida y la obra de Germain Nouveau que merecen ser consignadas aquí para quienes tengan algún interés en este extraordinario poeta simbolista.

Quizás lo más impactante haya sido la aparición del libro de Eddie Breuil Du Nouveau chez Rimbaud, publicado por la Biblioteca Honoré Champion de París a finales de 2014. Es un análisis de los manuscritos de las Iluminaciones de Rimbaud. La tesis del autor de este complejo ensayo se puede resumir así (resumo el capítulo final de conclusiones, pp. 163–68): las Iluminaciones no es un libro de poemas en prosa, sino una compilación artificial que agrupa textos copiados en la época en que Arthur Rimbaud y Germain Nouveau vivieron juntos en Londres, durante la primavera de 1874. Ninguno de esos papeles lleva firma alguna, y el paquete de papeles lo recibió Verlaine de manos del propio Rimbaud a finales de febrero o principios de marzo de 1875 para ser entregados a Germain Nouveau. (Aunque esto no está del todo claro: en la carta que se citará enseguida, como se va a ver, Verlaine dice: «“poemas en prosa” suyos, que yo tenía»; es decir, ¿podría ser que Verlaine los tuviera antes del encuentro de con Rimbaud en Stuttgart?) De hecho, el primero de mayo de ese mismo año dice Verlaine en una carta a Ernest Delahaye: «Si me importa recibir detalles sobre Nouveau he aquí por qué. Como Rimbaud me había pedido mandar a imprimir unos ‘poemas en prosa’ suyos, que yo tenía, a este mismo Nouveau, a la sazón en Bruselas (hará de ello como un par de meses) se lo he enviado illico [de inmediato] (¡¡¡a un porte de 2,75 francos!!!) y como no podía ser de otra manera, he acompañado el envío con una carta pulquérrima, a la cual él respondió de forma no menos pulcra, de modo que estábamos en correspondencia bastante seguida cuando dejé Londres para venirme aquí». Según Breuil, la atribución de estos textos a Rimbaud es errónea. Por el contrario, es a Nouveau a quien le corresponde la autoría. Algunos de estos papeles no deberían plantear ninguna duda: fueron escritos directamente por Nouveau y exhiben su caligrafía autógrafa. ¿Cómo explicar, entonces, los textos que exhiben la caligrafía de Rimbaud? Según Breuil, hay que darle la vuelta a la tortilla. La teoría establecida por varias generaciones de estudiosos indicaba que Nouveau habría colaborado con Rimbaud pasando a limpio alguno de los textos de su amigo. Pues bien, según Breuil, no es Nouveau quien copia ni Rimbaud quien dicta, sino al revés: Rimbaud es el copista o amanuense y los textos son del poeta provenzal.

La salida de mi edición coincidió con las primeras reseñas de las que tuve noticia y que se hicieron eco de la obra en cuestión, algunas, sencillamente, para dar cuenta de la salida del libro y de su contenido; otras para calificar la tesis de Breuil como descabellada. Después de todo, Rimbaud es un mito cultural nacional de Francia y no conviene zarandear el pedestal en el que su figura se alza señera sobre todas las de su generación. A mí me cuesta creer la tesis de Eddie Breuil, porque resulta extraño que Verlaine no expresara dudas de ningún tipo respecto a la atribución de los poemas (que sin embargo expresó respecto al poema «Veneno desperdiciado», que fue incluido en las obras completas de Rimbaud de 1891), pero, sobre todo, que el propio Nouveau no dijera ni pío cuando las Iluminaciones se publicaron por primera vez en 1886 en la revista La Vogue, justo en el año en que mantenía su idilio con Valentine Renault. Pero sí creo que, como mínimo, hay que atribuir a Nouveau el poema titulado «Villes» [Ciudades] escrito de su puño y letra, y tal vez alguno más de los que integran Iluminaciones. Por otro lado, estas tesis de Breuil no son nuevas ni del todo originales; hace más de cincuenta años, tesis similares fueron sostenidas por un joven poeta francés apasionado también de Germain Nouveau, uno de los grandes estudiosos de su paisano, Jacques Lovichi (1937–2018). Pero no cabe duda que Breuil lleva a cabo un análisis semántico y grafológico sumamente detallado y perspicaz.

Eddie Breuil, por tanto —si no interpreto mal las tesis de su importante ensayo—, retoma la visión clásica que se tenía, durante la primera mitad del siglo XX, de la actividad literaria de Rimbaud: la de que después de Una temporada en el infierno (1873), Rimbaud había abandonado la literatura para siempre, una tesis que contradecía las afirmaciones de Verlaine en el prólogo de Iluminaciones, pero cuya prueba era, para los críticos más solventes, el último texto en prosa de la Temporada, titulado precisamente «Adiós».  Es una tesis ya muy antigua, a la que puso fin Henri Bouillane de Lacoste en 1949 con ocasión de un trabajo de análisis de los textos incluidos en Iluminaciones que marcó un antes y un después en los estudios rimbaldinos. Precisamente el trabajo en el que el eminente filólogo descubrió y demostró, mediante concienzudos análisis grafológicos, que en la redacción del poemario había intervenido la mano de Germain Nouveau. Pero, incluso si nos inclinamos a admitir las tesis de Breuil, una carta de Rimbaud recientemente descubierta, fechada en Londres el 16 de abril de 1874 y dirigida a Jules Andrieu, demuestra con toda claridad que el poeta no sólo no había abandonado la literatura con el «Adiós» de Una temporada en el infierno, sino que incluso tenía ambiciosos proyectos de publicación que nada tenían que ver, precisamente, con las Iluminaciones. El que no hubieran fructificado en nada concreto, o el que nadie se los tomara en serio, habrán exasperado a un joven brillante y ambicioso que tenía mucha «prisa por encontrar el lugar y la fórmula». La fórmula de hacerse rico, supongo. Parece que al final la encontraría en los desiertos de Somalia, vendiendo cacerolas y sartenes europeas a los pobladores locales.

Mi conocimiento del francés no es nativo y no soy capaz de hacer por mí mismo una valoración segura a nivel lingüístico, pero el análisis de Breuil, tanto a nivel grafológico, como semántico, cultural e histórico es muy minucioso y me parece de una honestidad intelectual que no puedo poner en duda teniendo en cuenta mi limitado dominio del idioma. Mi impresión personal es que muy bien puede ser que algunos de los poemas que hoy se recogen en Iluminaciones sean de Germain Nouveau, especialmente el titulado «Villes» [Ciudades], cuyo manuscrito es de su puño y letra, suena de manera inconfundible a Nouveau, y que este menciona como suyo en una carta a Jean Richepin fechada en Londres el 17 de abril de 1875. Tal vez los dos poetas colaboraron en algún proyecto similar y textos de ambos acabaron entrando en la famosa compilación. Mis objeciones son las que me dicta el sentido común: el silencio del propio Germain Nouveau es muy significativo, toda vez que en 1886 vivía amancebado con Valentine Rénault y participaba en las tertulias literarias del momento. El impacto que causó ese año, en los mentideros artísticos de París, la publicación de las Iluminaciones, primero en varios números consecutivos de la revista La Vogue, entre mayo y junio de 1886, y poco después en libro, en octubre de ese mismo año, no pudo habérsele pasado por alto. Es verdad que para entonces (cuando los textos se publicaron en libro) había dejado París y vivía en Bourgoin, adonde llegó el 19 de octubre de 1886 para incorporarse a su nuevo puesto de trabajo como profesor de dibujo en el liceo de la localidad, pero es imposible que no conociera las publicaciones pre-originales de la Vogue que habían aparecido en la primavera.

La enrevesada historia del soneto «Veneno desperdiciado», soneto atribuido desde el principio a Rimbaud pero que con toda probabilidad escribió Germain Nouveau, pone de manifiesto las enormes dificultades que presenta la clarificación de una autoría discutida cuando no se disponen de otros datos que unos manuscritos sin firmar que han pasado por infinidad de manos. Conviene, además, considerar el hecho de que, a partir de 1891, cuando la crisis de locura de Nouveau y el consiguiente y total abandono de su carrera literaria, el poeta no solo se despreocupó de sus poemas, sino que incluso intentó destruirlos y se opuso encarnizadamente a su publicación, como revela la historia de sus dos poemarios. En estas circunstancias, a Nouveau (“y a su inmenso desparpajo”, como decía André Breton) no podía importarle mucho ver atribuidas sus obras a otro. Pero con todo y con eso, me resulta difícil de creer que nunca hiciera al menos una mínima alusión a ello a sus amigos Verlaine y Delahaye antes de aquella fecha fatídica: son cinco años en los que la fama de Rimbaud se disparó en el mundillo literario parisino hasta convertirse en todo un fenómeno cultural.

Por otro lado, no estoy del todo seguro de que me gustaría descubrir que Germain Nouveau es el verdadero autor de todos los textos incluidos en Iluminaciones. El poeta de la Provenza me gusta tal como es, o tal como fue. O tal como nos parece que fue. Creo que no necesita ningún añadido más para hacerlo mejor, o para que nos guste más. Con sus brillos y penumbras, con sus magias y sus pequeños o grandes defectos, a mí, desde luego, siempre me ha gustado Nouveau muchísimo más que Rimbaud. Lo que no quiere decir que, si al final se demostrase sin ningún género de dudas las tesis de Lovichi y Breuil (lo que supondría un auténtico terremoto en la tradición cultural francesa), vaya a negarme a aceptarla. Solo significaría que tendría que vérmelas a partir de entonces con un desconocido que, como digo, no sé si me gustaría tanto, y al que tendría que empezar a conocer de nuevo.  

La venta en subasta de parte de la biblioteca de Mallarmé realizada por Sotheby’s de París el 15 de octubre de 2015 reveló la existencia de un retrato de Germain Nouveau completamente desconocido, realizado por Carjat en la misma sesión fotográfica de la que salió su retrato más célebre. La foto, lote 211, con una dedicatoria autógrafa del poeta a Stéphane Mallarmé y la famosa cuarteta (la cual figura también en el retrato de tres cuartos de Nouveau dedicado a Jean Richepin y que este dio a conocer en 1927), fue comprada finalmente por 47.500 € por un coleccionista particular que se mantuvo en el anonimato. Este nuevo retrato fotográfico de Nouveau fue una sorpresa para todos, ya que se ignoraba su existencia, y

Un par de meses después, el viernes 11 de diciembre de ese mismo año, las firmas Bergé y Sotheby’s procedieron a la primera venta de la biblioteca particular de Pierre Bergé. En el catálago de la subasta se reveló que una de las piezas de la colección era lo que hoy consideramos el «manuscrito» de Valentinas: un juego de galeradas impresas y corregidas por el autor, las que iban a servir para la fallida edición de la obra en torno a 1889 y 1890, y que constituyeron, más de treinta años después, la base de la edición póstuma de Delahaye de 1922. Entre las galeradas impresas figuraba también un poema manuscrito, el titulado «Les lettres», intercalado a posteriori por el poeta en su lugar específico en la compilación. Según la información proporcionada en la subasta, Pierre Bergé adquirió esa pieza para su biblioteca personal en una venta anónima de la casa Drouot del 29 de mayo de 1968. Las galeradas fueron encuadernadas en tafilete de color berenjena. Este volumen único, marcado con el lote 106 en la venta de Sotheby’s de diciembre de 2015, fue adquirido por el Estado Francés por 102 000 €. El precioso documento se custodia ahora en la Biblioteca Nacional de Francia y está disponible online para quien desee consultarlo.

En 2018, falleció el poeta, novelista, ensayista y crítico literario y teatral Jacques Lovichi (n. 1937), el primero en el tiempo en sostener la tesis de que, al menos algunos poemas de Iluminaciones fueron escritos por Nouveau. Lovichi sacrificó su carrera profesional por Germain Nouveau, al sostener una tesis doctoral que los miembros de su tribunal desaconsejaron y, en definitiva, descalificaron. Lovichi prefirió preservar su independencia intelectual y se mantuvo en sus trece. Jacques Lovichi es uno de esos ejemplos de fe en la poesía que me hacen abrigar alguna esperanza para el género humano, en este siglo de venalidad e indecencia. (Descansa en paz, mi admirado maestro).

Por último, para 2020, con motivo del centenario de su muerte, se había preparado una gran exposición de Germain Nouveau en la sala de exposiciones de la Biblioteca Méjanes de Aix-en-Provence, la misma en cuyas antiguas salas el poeta se había refugiado a menudo a leer y escribir hacia 1900, y a combatir acaso el frío de los inviernos del sur de Francia, que no dejan de ser los inviernos del norte de España. La comisaria fue la bibliotecóloga, historiadora y escritora Aurélie Bosc, quien también se encargó de la dirección editorial del magnífico catálogo de la exposición, Germain Nouveau, l’ami de Verlaine et de Rimbaud. Eddie Breuil, Pascale Vandegeerde y Jean-Philippe de Wind fueron los consejeros científicos de la exposición, y los dos últimos, pareja de incansables investigadores de la vida y la obra de Germain Nouveau, aportaron algunas de las más preciosas piezas exhibidas en la misma, que conservan en su colección particular, entre ellas el magnífico óleo sobre madera titulado La lectrice, indudablemente un retrato de Valentine Renault pintado por Nouveau en agosto de 1885. Por desgracia, el estallido de la pandemia del COVID-19 obligó a posponer la inauguración, primero para enero de 2021, y finalmente para octubre de ese mismo año. A pesar de las restricciones y de las dificultades impuestas por la pandemia, tuve ocasión de desplazarme hasta Aix por unos pocos días a finales de noviembre para visitar la exposición y conocer la villa vinatera de Pourrières, a unos cuarenta y cinco minutos de distancia en automóvil desde la antigua capital de provincia.

La exposición, llena de documentos de todo tipo relacionados con la vida y la obra de Nouveau, demuestra el interés persistente de esta figura poco conocida del simbolismo francés, por la que los surrealistas profesaron un interés teñido de cierto fervor casi religioso. Para mí, desde luego, tanto la exposición como la visita a lugares tan profundamente ligados a la vida del pintor y poeta, fue un estímulo esencial para continuar dando a conocer su obra al público hispano y para concluir la traducción de las Valentinas. Otra de las piezas interesantes de la exposición fue el estreno de la película Le poète illuminé realizada por el cineasta Christian Philibert, un hermoso documental consagrado al poeta. A ello hay que añadir dos biografías recientes del poeta: la escrita por Martin Mirabel, Germain Nouveau: un cœur illuminé (París: Michel de Maule, 2021) y la de José Lenzini, Germain Nouveau : trimardeur céleste de la poésie (Le Revest-les-Eaux : Les Cahiers de l’Égaré, 2020).

Pero no todo son elogios, claro. Frente a las exposiciones y a las biografías, un severo y convencional Étienne Crosnier ha publicado recientemente un estudio donde trata de poner el poeta en lo que, según él, es su lugar: un epígono del Parnaso de rimas sonoras, fascinado por la lírica popular, nada más. En efecto, en Germain Nouveau: comprendre les malentendus d’un mythe (París: L’Harmattan, 224), Crosnier traza la historia de la recepción de la obra del amigo de Verlaine y de Rimbaud hasta su momento culminante en 1970, cuando la prestigiosa colección La Pléiade le abre a Nouveau un suntuoso panteón en ese cementerio de clásicos en papel biblia y encuadernaciones de tafilete con filigranas repujadas en oro de 24 kilates, en compañía de Lautréamont. Tras el mayo del 68 y la expansión del movimiento hippy, la figura de Nouveau y su vida bohemia y al margen de la sociedad podían ser un poderoso reclamo para una colección de clásicos destinada, por su precio, a las bibliotecas de la alta burguesía. Hasta el famoso retrato de Carjat de 1873 que aparecía en la sobrecubierta (de Lautréamont solo ha llegado hasta nosotros un posible retrato que ni siquiera entonces se conocía) era la de un auténtico hippy (a cien años de distancia, los bohemios de 1870 y los hippies de 1970 compartían más o menos las mismas greñas y vestimenta). Pero el reclamo y el prestigio de Nouveau se disiparon pronto. Tampoco el poeta lograba atraer la atención de los estudiosos y de los currículos educativos. Además, sin un valedor de la talla de André Breton, Nouveau se quedó relegado a su condición de incómodo comparsa para los apasionados de Lautréamont. En 2009 los editores de Gallimard decidieron desahuciarlo y lo desalojaron de la colección con la publicación de un volumen consagrado enteramente al célebre poeta uruguayo en lengua francesa.  Crosnier concluye citando el correo electrónico del 1º de febrero de 2023 que le remitieron desde Gallimard cuando les escribió para inquirir las razones (traduzco): «Para responder a su pregunta: la asociación Germain Nouveau-Lautréamont, realizada por razones prácticas (el número de páginas de sus obras respectivas), no tenía sentido. Nos ha parecido, pues, deseable, consagrar un volumen entero solo a Lautréamont. Lo que ha conllevado la desaparición de Germain Nouveau [de La Pléiade], con el que nos resulta imposible hacer lo mismo. […] Actualmente no existe ningún proyecto relativo a la publicación de la obra de Germain Nouveau en el seno de nuestra colección». Es decir, las circunstancias que propiciaron en 1970 la cohabitación en el mismo volumen (como quien entierra a dos cadáveres en el mismo ataúd) de Lautréamont y Germain Nouveau (las revoluciones sociales y sexuales de los años sesenta del siglo pasado), han desaparecido en este más sesudo siglo XXI, más capaz para distinguir entre lo realmente rentable y lo meramente simbólico, y más consciente de sus responsabilidades financieras. Crosnier, por lo demás, descarta las tesis de Eddie Breuil. La controversia sobre la autoría de las Iluminaciones desatada por Breuil es para él un asunto más pasional que racional y, en lo que a él se refiere, la cuestión quedó definitivamente zanjada por Pierre Brunel —uno de los grandes expertos del período— en el debate televisado que mantuvieron ambos, Brunel y Breuil, respecto a las tesis de este último, debate que tuvo lugar el 7 de abril de 2015 en la Universidad Jean Moulin de Lyon y está disponible en YouTube. Son dos lenguajes distintos, razona, que no se dejan confundir y que revelan diferentes, a veces contrapuestas, visiones del arte, del mundo y de la vida.

Personalmente, a mí me parece, el de Crosnier, un ensayo escrito deprisa, deshilvanado y poco atractivo desde el punto de vista del estilo: su lenguaje es romo y sin jugo como un limón seco, y esta falta de expresividad deja frío al lector, aunque sin duda esta es una opinión subjetiva. Pero confieso que su visión del asunto no carece de interés, alguna penetración y cierto sentido común. Crosnier concluye su libro afirmando que (traduzco) «la obra de Germain Nouveau stricto sensu no ha conseguido siempre hallar un lugar visible en el patrimonio literario francés». Y no le falta razón: esta historia de su entrada y posterior desahucio de La Pléiade a la que acabo de referirme lo respalda.



Este asunto de su descarte de La Pléiade merecería por sí solo un estudio en profundidad, pero no es este el lugar para emprenderlo. En cualquier caso, desde el principio muestra las fuerzas coyunturales que explican la elección de tal o cual autor para entrar en el panteón de una colección de prestigio. Las «razones prácticas» a que alude el correo electrónico transcrito arriba, a saber, el escaso número de páginas de las obras de estos autores, aunque sea la principal razón de Gallimard para haber enterrado entonces a dos muertos en la misma caja, y para desalojar ahora a uno de ellos del compartido féretro, no se justifica: la nueva edición de las obras de Lautréamont en 2009, se ha inflado hasta las 848 páginas de las 488 que ocupaba en la edición Lautréamont-Nouveau, es decir, 150 páginas menos que las que este último ocupaba allí (990 páginas). Aunque son raras las ediciones de La Pléiade que tengan menos de mil páginas (lo normal es que sus volúmenes oscilen entre las 1 200 y las 2 000 páginas), no faltan los títulos de la colección que son bastante más delgados: el de las obras de Louise Labbé, publicadas en 2021, consta de solo 736 páginas. Las del novelista Alain Fournier (2020), de 640, mientras que las poesías completas de Alfred de Musset se recogen en un tomo de 976 páginas, menos de las que ocupan las de Germain Nouveau en la edición de 1970. Lo mismo puede decirse de algunas de las más antiguas ediciones de la colección. Por ejemplo, la primera edición de las obras completas de Baudelaire, en 1932, tenía 666 páginas el primer tomo y 868 el segundo; la de Rimbaud en 1946, constaba solo de 846 páginas (no es mucho más voluminosa la más reciente, realizada en 2009 y ampliada en 2021, con un total de mil cien páginas, y eso que incluye todas las lecciones conocidas de los poemas, en vez de consignar solo sus variantes, multiplicando así un buen número de páginas). Y una famosa antología de poesía francesa realizada por André Gide en 1949 se extiende a lo largo de 848 páginas. Con todo lo que se ha escrito y descubierto sobre Germain Nouveau desde aquella edición legendaria de 1970, hoy se podría hacer perfectamente una nueva edición de las obras del poeta provenzal en La Pléiade de más de un millar y medio de páginas. Pero, como el email enviado por Gallimard demuestra, no hay la voluntad de hacerla. La razón es evidente: Nouveau no vende ahora como podía vender en 1970, sobre todo si Lautréamont iba de saldo, o viceversa. Lo mismo ocurre con el otro ataúd con dos cadáveres que Gallimard fletó con destino a la eternidad aquel mismo año de 1970, el compartido por Tristan Corbière y Charles Cros, donde el primero ocupa 600 páginas y el segundo 904. Había en aquellos años un interés renovado por la literatura de esos radicales del Parnaso que habían revolucionado a su manera la poesía de su tiempo, a los que Pierre-Olivier Walzer había agrupado, también en ese año, y con muy buen criterio en un libro titulado La révolution des sept: Lautréamont, Mallarmé, Rimbaud, Corbière, Cros, Nouveau, Laforgue ([La revolución de los siete] Neuchâtel: À La Baconnière, 1970). Normal que el mismo Walzer se hubiera ocupado de las ediciones de cuatro de ellos (las que acabo de referir) en La Pléiade.

La ya mencionada pareja formada por Pascale Vandegeerde y Jean-Philippe de Wind, quienes ya habían realizado una preciosa edición anotada de los primeros poemas de Germain Nouveau titulada Quelques premiers vers (Lieja: Société de Découragement de l’Escrime, 2009), habían iniciado los preparativos para una ambiciosa edición de las obras completas de Germain Nouveau, después de la retirada de la edición canónica de La Pléiade. Desgraciadamente, Pascale falleció en Bruselas el 30 de noviembre de 2022 de un cáncer de páncreas que se le había diagnosticado el año anterior. El 2 de enero de 2023, desde Lieja, me escribió atribulado Jean-Philippe, su compañero de veinte años de amor y de investigaciones literarias, para darme la triste noticia y explicarme las circunstancias. El final de su carta era una afirmación de su compromiso con el proyecto que ambos habían iniciado (traduzco): «Los dos estábamos trabajando en una nueva edición de las Obras completas de Germain Nouveau, para reemplazar la de La Pléiade. Voy a proseguir ese trabajo con Eddie Breuil. Por ella, por los lectores y, también, en cierta manera, por Germain Nouveau». (Pascale, en su idealismo radical por ciertas causas sociales, como tantos otros jóvenes de la época, se juntó con la gente equivocada y cometió, parece, graves errores. Yo no soy quién para juzgar aquí, ya que apenas si conozco los detalles. Ella pagó su deuda a la sociedad, más que ningún otro de aquellos jóvenes. Se rehabilitó y durante los últimos veintidós años de su vida se dedicó a tareas editoriales e investigaciones literarias sobre cosas tan inofensivas como las relacionadas con la vida y la obra de Germain Nouveau. Que en paz descanse). Lo que hace grande la obra de Germain Nouveau no consiste en un tomo de La Pléiade de mil páginas en papel biblia, elegante tipografía Garamond, con su aparato de notas y de estudios críticos, y encuadernado lujosamente en tafilete verde repujado con filigrana de oro, sino en la pasión que es capaz de generar en corazones humanos tan grandes como los de Pascale y sus amigos.

 

 

 

 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Luna de asfalto, novela de Riera Guignet

 


En un video de presentación de su novela Luna de asfalto (en el canal de YouTube «El envés de la página», n.º 67), su autor citaba el famoso dicho de Stendhal sobre la novela, el que la equipara a un espejo que refleja la realidad: Un roman est un miroir qui se promène sur une grande route. La novela negra también asume esa tarea reflectora, aunque con una agresiva insistencia en lo que el propio Stendhal señalaba en el mismo pasaje: que el espejo también puede reflejar el fango de la vida. De Luna de asfalto podría decirse algo similar. Salvo que hoy en día, sospecho, la novela negra es más bien un espejo que refleja la realidad… de otras novelas negras anteriores y de muchas películas. Lo que quiero decir es que la novela negra es ahora, en gran medida, un género de laboratorio. Si como espejo de la realidad todavía refleja algunos vislumbres de ella, esos visos suelen ser de segunda mano. En muchos casos, es un producto que se retroalimenta de otros productos similares, condenado a una endogamia crónica. Algo de esto hay en la novela de Riera Guignet, que no necesita la aclaración del subtítulo («Bécquer en novela negra») para que un lector medianamente enterado perciba enseguida las muchas indicaciones que en la novela apuntan a la obra narrativa de Bécquer, aunque la mayoría sean solo alusiones anecdóticas o se limiten al mero nivel estructural del relato. Digámoslo de otra manera: en esa fórmula de laboratorio que es Luna de asfalto, algunos de los reactivos son becquerianos, pero son solo eso: sustancias químicas para precipitar un resultado, el de un relato original y novedoso, con su sorpresa final incluida. El producto es, en definitiva, una novela que se lee muy bien; está escrita en un estilo tan claro como terso, sin florituras ni adjetivos innecesarios; y exhibe un ritmo bien trabado y sostenido y una trama interesante. Todo lo cual hace que resulte difícil dejarla una vez iniciada la lectura, que es la condición primordial de cualquier novela negra realmente resultona. Además, contiene la perfecta cantidad de palabras que Borges exigía para un relato de esta índole. A ello hay que añadir una presentación muy atractiva desde el punto de vista editorial: excelente composición de portada, buen papel y calidad tipográfica, todo ello debido al buen hacer de Yeray Ediciones, consagrada a la publicación de «todos esos… libros extraños e inquietantes» que pueblan un ya extenso catálogo de lo más curioso y sorprendente. Luna de asfalto —título magnífico para una novela de esta índole— está llena de salidas ingeniosas, dignas del pico de un Philip Marlowe: «Yo era un atleta para huir de los problemas. Convencía primero, y si no convencía, huía». Los guiños becquerianos están por todas partes: desde los títulos de los capítulos hasta alusiones transparentes como esta: «el órgano cubierto de polvo». Y en ese fango que el espejo narrativo refleja también hay lujazos expresivos, como ciertas metáforas de sólida catadura. Por ejemplo, el órgano sacerdotal que acabo de mencionar, comparado a «un fascinante animal con sus dientes blancos y su cabellera de tubos erizados». Por ejemplo, el sádico alcaide de la prisión donde el narrador comienza su relato, que «por la noche … se vuelve fluido como el aceite, como un reguero de grasa que se desplaza en las sombras», imagen soberbia que me recuerda algo al terminator malo de la segunda entrega del famoso universo fílmico. Por ejemplo, Mary, la Corza Blanca (otro guiño becqueriano), es descrita como un «pastelito de fresa en el escaparate de una ferretería macabra». El narrador, chófer del jefe de la mafia urbana local, se desplaza en una larga limusina negra que circula por las calles nocturnas con el sigilo de un lebrel, como si él mismo llevara al volante el escaparate o el espejo que refleja la realidad de Cloaca (otra vez el fango, ¿recuerdan?), una ciudad que, a pesar de los nombres en español de sus calles, podría ser cualquier ciudad del mundo lo suficiente grande para que el légamo le rebose de las entrañas. Como todos los buenos detectives de leyenda, me refiero a los duros, esos a los que la vida ha hervido a conciencia, nuestro chófer no puede ocultar su alma de escritor, por eso sentencia en una de las últimas páginas: «Somos lo que vivimos, sin más. Y solo podemos escribir de ello». Alejandro Riera Guignet sabe cómo inventar una historia y, lo más difícil de todo: cómo contarla manteniendo la leve mariposa de la atención de quien lee adherida a esas páginas adhesivas, hasta llegar al curioso desenlace. Es la característica de las buenas historias. Una vez planteadas con solvencia y sabiduría, ya no dejamos de leer si el nivel se mantiene hasta el final. Riera Guignet cumple de sobra.


lunes, 30 de junio de 2025

Intermitencias

Bueno, ahora ya sabemos por qué los dos criminales de guerra más lamentablemente famosos del mundo ansiaban tanto la vuelta del Naranjito a la Casa Blanca. Lo conocen como si lo hubieran parido ellos mismos y lo saben manipular a las mil maravillas. Ahora, sin obstáculos de ninguna clase, ya puede uno de ellos dedicarse a echar bombas sobre la población civil de Ucrania, y el otro a masacrar gazatíes, especialmente a las mujeres y los niños, hasta que no quede de Gaza más que polvo y una montaña gigantesca de calaveras. Mientras tanto, la nueva administración estadounidense sigue trabajando activamente para culminar la demolición de la América que conocíamos hasta hace unos meses, ahora con el llamado decreto BBB (Big, Beautiful Bill) que se está discutiendo en estos momentos en la Cámara Alta para su aprobación en el Congreso y del que nadie nos librará, a menos que algunos senadores conservadores sean lo suficiente valientes para oponerse a ese descomunal despropósito cuyo principal objetivo, para decirlo pronto y claro, y ahorrarme así una exposición demasiado larga, es quitarle a los pobres lo poco que tienen para dárselo a los obscenamente ricos. Es la filosofía del conservadurismo radical del país: los pobres tienen la culpa de su pobreza y no hay que darles absolutamente nada. Que se mueran y que desaparezcan. Los ricos, sin embargo, sabrán hacer buen uso de ese dinero. Mejor dárselo a ellos. Piensan así que, por un lado, los ricos se verán estimulados a invertir y crear trabajos, y los pobres aceptarán salarios cada vez más bajos para ocupar esos trabajos, con lo que Estados Unidos —calculan ellos— podrá competir por fin con países como China: con una mano de obra súper barata de obreros-esclavos que duerman literalmente en las mismas fábricas. Pero eso ya no es cierto ni en China, un “enemigo” al que deberían conocer mejor. La fórmula es vieja y nunca ha funcionado. Libertad, igualdad, fraternidad. Ninguna de ellas queda ya en los Estados Unidos, y la última, que nadie se engañe: ni los más viejos del lugar recuerdan que la haya habido alguna vez. La Casa Blanca se ha vuelto una fábrica de mentiras, de desinformación y de propaganda. El Ministerio de Comercio debería llamarse más bien el Ministerio de Aranceles y Extorsión Comercial. El Naranjito no quiere tratos comerciales con otros países que sean beneficiosos para las dos partes. Como los malos vendedores, considera que, si el otro no pierde, y por mucho, él no gana. Quiere fardar ante el país y poder decir: ¿Ven? ¡Se la he metido doblada! Me recuerdan a los vendedores de Hipermueble de Málaga, donde tuve la desgracia de trabajar a finales de los noventa. Cada vez que engañaban a un cliente y conseguían colocarle un sobreprecio, hacían una fiesta. En fin, ¿qué les voy a decir de la situación de los Estados Unidos de América? Mejor no les digo nada, porque, por fortuna para mí, estos días estoy lejos, en Montevideo, la capital uruguaya, y las noticias me llegan algo amortiguadas, lo cual el cuerpo, pero sobre todo la mente, lo agradecen muchísimo. Al principio, cuando llegué a la ciudad, me parecía que los montevideanos fumaban mucho en pipa, incluso las mujeres, hasta que me di cuenta de que no, que lo que hacen es beber mate todo el tiempo. Fuera bromas, el utensilio que usan para beber mate, compuesto de cuenco y bombilla, se parece bastante a la famosa pipa de calabaza de Sherlock Holmes y lo sostienen en la mano de tal forma que parece una de esas pipas. Hay otros viandantes que pasean por la arteria principal de la urbe, la Avenida 18 de Julio, con lo parece una de esas cajas típicas que usan los limpiabotas para llevar sus adminículos. Pero no son limpiabotas, no; en estas cajas como de limpiabotas, provistas de un asa en centro, no llevan betunes y cepillos sino todos los elementos que necesitan para la preparación y degustación del mate en todo lugar y momento: un termo con agua caliente, la cazoleta, la bombilla y la hierba. El invierno aquí acaba de empezar. Oficialmente lo hizo hace diez días, el 20 de este mes y termina, también oficialmente, el 22 de septiembre, fecha del equinoccio de primavera. Y sí, hace frío, pero nada comparable al frío invernal de Nebraska, donde yo vivo. Los montevideanos se abrigan hasta los ojos: gorros, bufandas, abrigos, guantes, botas. Solo dejan sino una rendija para que los ojos puedan ver por dónde camina uno. Así nos abrigamos en Nebraska cuando estamos a quince o veinte grados Celsius bajo cero y la sensación real de frío alcanza los menos treinta o menos treinta y cinco. Pero uno acaba siendo influido por el entorno y ya me abrigo como ellos, no vaya a ser que coja una gripe y se me chafe la estancia. He venido con una beca de investigación de la universidad. Trabajo todos los días unas horas examinando documentos y microfilmes en la Biblioteca Nacional de Uruguay y en la Hemeroteca del Palacio Legislativo. Lo bueno de las bibliotecas es que son como un país que uno conoce ya de sobra. Da igual si está uno en Lincoln, Málaga o Montevideo. Son todas más o menos iguales: acogedoras, amplias, silenciosas, llenas de libros. Son como una ciudad a su manera, si me siguen la metáfora: conocemos bien sus calles y edificios y no ignoramos donde se aloja todo el mundo, en especial las personas que queremos visitar.

jueves, 12 de junio de 2025

El sueño americano cuesta ahora cinco millones de dólares

Este ya no es país para pobres. Hay que subrayar el contraste: mientras los esbirros del ICE hacen redadas en las empacadoras de carne de Nebraska, en los puntos de captación de jornaleros diarios de California, en las grandes huertas y labrantíos de todo el Medio Oeste, o directamente se emboscan a la salida de los tribunales de inmigración de las grandes ciudades, la nueva administración acaba de lanzar hoy mismo la muy ponderada Tarjeta de Oro con la efigie del Naranjito y la conspicua imagen de la Estatua de la Libertad estampadas en ella. ¿Y el precio de esta nueva engañifa? Cinco millones del ala. América ya no quiere pobres que vengan a hacer los trabajos que los gringos desprecian. Quiere atraer a los grandes ricos del mundo. Pero yo me pregunto ¿quién con dos dedos de frente va a querer venir a América a hacer su sueño americano si le sobran ya cinco millones de dólares para comprar un pedazo de cartón dorado? Vendrán tal vez los oligarcas rusos, los jeques árabes o los mafiosos de todos los rincones del mundo que con dicha tarjeta podrán realizar sus turbias operaciones aquí. A los pobres ni agua. ¡Qué digo agua! A los pobres, palo y grilletes; a los mafiosos que vengan en su propio jet, alfombra roja. Vamos, que a América ya no la conoce ni la madre que la parió. El gobierno justifica esta escabechina de temporeros hispanos y no se cansa de gritar que hay que limpiar los Estados Unidos de los veinte millones de criminales, asesinos, violadores, terroristas, pandilleros y enfermos mentales que entraron en el país durante el gobierno anterior. Para cumplir tal objetivo habría que expulsar a cinco millones de personas por año de gobierno, pero enseguida se les acabaron los criminales de verdad y los que tenían alguna multa de tráfico, así que ahora van a por los trabajadores de las fábricas y los temporeros agrícolas que jamás han cometido ni la más leve infracción. La ministra de (des)información del nuevo gabinete no se cansa de machacarnos diciendo que los inmigrantes ilegales son todos criminales por el mero hecho de haber entrado sin permiso en el país. Pero ¿qué es lo que oyen en realidad los americanitos de a pie? Algo parecido a esto: hay que echarlos porque son pobres, son feos, son bajitos, tienen la piel oscura y hablan español. Make America Blonde Again [hay que hacer que América vuelva a ser rubia de nuevo], parece ser el lema de moda. Pero no me malinterpreten. Les puedo asegurar que los americanos, en su mayoría, están encantados con esta nueva política de normalización del racismo. Incluso los de origen hispano que votaron por el Naranjito. El país ya no quiere más pobres. El trabajo duro ya no vale. Ahora el permiso de residencia está en venta: cinco millones de dólares.