En la noche del lunes 30 de julio de 1945, mientras el escritor Rafael Cansinos Assens se halla sentado en el banco de la (entonces) calle General Mola, como todas las noches después de dejar a su novia Josefina en su casa, un hombre se le acerca al viejo escritor y le pide permiso para sentarse a su lado. Es un hombre —nos cuenta Cansinos— de unos cuarenta años, de pelo canoso y con el cuello torcido. El escritor le da el permiso y el hombre le ofrece un cigarro. Las bocanadas de humo entran y salen de los pulmones al aire cálido de la noche madrileña. El desconocido le explica a Cansinos que él era uno de los contertulios que acudían a la peña que Cansinos tenía en el café Colonial en los años diez y veinte, donde la bohemia madrileña de esos años había sentado sus cuarteles generales. Se ponen a recordar aquellas noches absurdas, brillantes y hambrientas. Ahora el hombre se dedica a la compraventa de fincas, dice, pero durante la guerra fue el director de un asilo en Valencia llevado por monjas.
—Imagínese que allí tuvimos a
Mínguez, ¡al célebre Mínguez! —exclama.
Mínguez es «el amigo Mínguez» al
que Cansinos le dedica todo un inolvidable capítulo en su Novela.
Mínguez el bohemio, un joven de aspecto gastado y decrépito, calvo, sin
dientes, y de cara arratonada, que vive de enseñar el alemán a sus amigos por
un duro al mes y arrimado al mecenazgo menesteroso y encubierto de un bohemio criptoburgués
como Ledesma Miranda. Pero Cansinos no dice nada, solo asiente.
Allí (pero no especifica si en el
asilo o en Valencia) vio también al no menos célebre doctor Villegas, con un
carnet comunista.
—Un día se despidió de mí, hasta la
eternidad, dando por seguro que lo fusilarían los nacionales.
El hombre, por fin, aplastó la
colilla del cigarro en el suelo. Luego dijo:
—A mí no me pasó nada. Las monjas
me avalaron.
Después de media hora recordando
aquellas noches, el hombre se despide y le dice su nombre, que Cansinos no
retiene. Cuando quiere registrarlo en su diario, esto es todo lo que recuerda:
que sonaba como Olazábal o algo así.
Esta anotación del Diario de
posguerra 1945–1946 de Rafael Cansinos Assens, es la única mención que he
hallado hasta el presente de Fernando Villegas Estrada, médico y poeta bohemio,
autor de Café romántico y otros poemas (1927) en las memorias y diarios
de Cansinos Assens. Como se puede ver, era también uno de los tertulianos del
Café Colonial y, sin embargo, no parece haber llamado nunca la atención de
Cansinos. Este no lo menciona ni una sola vez en su novela-bazar, en su novela-rastro
La novela de un literato, por donde desfilan todos los bohemios del
Madrid de los años diez y de los años veinte, harapientos y precedidos por su
mal olor.
De esta breve escena, que yo he recreado
un poco aquí para darle algo de perspectiva, pero que puede consultarse en la
página 243 de la mencionada edición (según la versión de la misma que ha
puesto en circulación la editorial Arca por Amazon), podrían extraerse algunas
conclusiones: 1) Parece que Cansinos, en efecto, seguía sin saber quién era
Villegas Estrada. ¿Cómo no se fijó en él, en las peñas del Café Varela o en las
del Colonial, si testigos como González-Ruano y Marqueríe nos lo describen como
un bohemio estrafalario vestido poco menos que con harapos? A Caninos esas
cosas no se le escapaban nunca. Una ausencia inexplicable. 2) El hombre no dice
que vio al célebre bohemio o al poeta Villegas; lo que pone de relieve al comentarlo
es su condición de doctor, es decir, de médico. Quizás porque era en su
condición de médico que había llegado a la costa levantina. 3) El que dispusiera
de un carnet comunista, indica que Villegas estaba en peligro, pues lo más
probable es que hubiera huido a Valencia después del golpe de estado de
Segismundo Casado contra el gobierno de Juan Negrín en marzo de 1939. La guerra
ya se daba por perdida. El pánico se desató en la población madrileña por miedo
a las represalias de los nacionales. Muchos vieron la única salida posible en
el Mediterráneo, y empezaron a huir en masa hacia los puertos del levante español
por la carretera de Valencia. Para un teniente médico madrileño como Villegas (así
lo pinta Carrere en La ciudad de los siete puñales), no era tan difícil
la huida, desde el punto de vista logístico. Podía requisar alguno de los
vehículos que controlaba el Cuerpo de Sanidad, llenarlo de gasolina y conducir
a toda prisa. No lo haría solo, además. Por entonces había corrido el bulo de
que varias potencias europeas como Francia y Gran Bretaña habían fletado
decenas de barcos mercantes para evacuar a los refugiados y militares
republicanos antes de que llegaran los franquistas. Pero al llegar a la costa levantina se llevaron el chasco de su vida: ni rastro de los barcos salvadores, mientras
que las fuerzas de Franco, con ayuda de una división italiana, bloquearon los
puertos de Valencia y Alicante. En aquella coyuntura, Valencia se convirtió en una
trampa mortal. Si Villegas Estrada llevaba todavía el uniforme y las insignias de
teniente médico del Ejército rojo, su destino estaba cantado: una ejecución sin juicio frente
al paredón, como el propio Villegas temía según el relato del desconocido.
¿Habrá muerto Villegas Estrada a finales de marzo o principios de abril de 1939
en Valencia? Difícil responder. De un artículo que le dedicó Emilio Carrere en
1945, que este que describe un encuentro entre ambos en el rastro de Madrid, se deduce
(pero solo se deduce) que la escena tuvo lugar después de la guerra. ¿Se habrá
confundido Carrere de tiempo? (Aunque quizás el confundido soy yo). Imposible responder sin más información. Pero al
menos tenemos ya un nuevo punto, y un punto realmente importante, para seguir trazando
más líneas y lograr descifrar el dibujo.

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