martes, 30 de junio de 2026

Villegas Estrada en Valencia (marzo de 1939)

En la noche del lunes 30 de julio de 1945, mientras el escritor Rafael Cansinos Assens se halla sentado en el banco de la (entonces) calle General Mola, como todas las noches después de dejar a su novia Josefina en su casa, un hombre se le acerca al viejo escritor y le pide permiso para sentarse a su lado. Es un hombre —nos cuenta Cansinos— de unos cuarenta años, de pelo canoso y con el cuello torcido. El escritor le da el permiso y el hombre le ofrece un cigarro. Las bocanadas de humo entran y salen de los pulmones al aire cálido de la noche madrileña. El desconocido le explica a Cansinos que él era uno de los contertulios que acudían a la peña que Cansinos tenía en el café Colonial en los años diez y veinte, donde la bohemia madrileña de esos años había sentado sus cuarteles generales. Se ponen a recordar aquellas noches absurdas, brillantes y hambrientas. Ahora el hombre se dedica a la compraventa de fincas, dice, pero durante la guerra fue el director de un asilo en Valencia llevado por monjas.

—Imagínese que allí tuvimos a Mínguez, ¡al célebre Mínguez! —exclama.

Mínguez es «el amigo Mínguez» al que Cansinos le dedica todo un inolvidable capítulo en su Novela. Mínguez el bohemio, un joven de aspecto gastado y decrépito, calvo, sin dientes, y de cara arratonada, que vive de enseñar el alemán a sus amigos por un duro al mes y arrimado al mecenazgo menesteroso y encubierto de un bohemio criptoburgués como Ledesma Miranda. Pero Cansinos no dice nada, solo asiente.

Allí (pero no especifica si en el asilo o en Valencia) vio también al no menos célebre doctor Villegas, con un carnet comunista.

—Un día se despidió de mí, hasta la eternidad, dando por seguro que lo fusilarían los nacionales.

El hombre, por fin, aplastó la colilla del cigarro en el suelo. Luego dijo:

—A mí no me pasó nada. Las monjas me avalaron.

Después de media hora recordando aquellas noches, el hombre se despide y le dice su nombre, que Cansinos no retiene. Cuando quiere registrarlo en su diario, esto es todo lo que recuerda: que sonaba como Olazábal o algo así.

Esta anotación del Diario de posguerra 1945–1946 de Rafael Cansinos Assens, es la única mención que he hallado hasta el presente de Fernando Villegas Estrada, médico y poeta bohemio, autor de Café romántico y otros poemas (1927) en las memorias y diarios de Cansinos Assens. Como se puede ver, era también uno de los tertulianos del Café Colonial y, sin embargo, no parece haber llamado nunca la atención de Cansinos. Este no lo menciona ni una sola vez en su novela-bazar, en su novela-rastro La novela de un literato, por donde desfilan todos los bohemios del Madrid de los años diez y de los años veinte, harapientos y precedidos por su mal olor.

De esta breve escena, que yo he recreado un poco aquí para darle algo de perspectiva, pero que puede consultarse en la página 243 de la mencionada edición (según la versión de la misma que ha puesto en circulación la editorial Arca por Amazon), podrían extraerse algunas conclusiones: 1) Parece que Cansinos, en efecto, seguía sin saber quién era Villegas Estrada. ¿Cómo no se fijó en él, en las peñas del Café Varela o en las del Colonial, si testigos como González-Ruano y Marqueríe nos lo describen como un bohemio estrafalario vestido poco menos que con harapos? A Caninos esas cosas no se le escapaban nunca. Una ausencia inexplicable. 2) El hombre no dice que vio al célebre bohemio o al poeta Villegas; lo que pone de relieve al comentarlo es su condición de doctor, es decir, de médico. Quizás porque era en su condición de médico que había llegado a la costa levantina. 3) El que dispusiera de un carnet comunista, indica que Villegas estaba en peligro, pues lo más probable es que hubiera huido a Valencia después del golpe de estado de Segismundo Casado contra el gobierno de Juan Negrín en marzo de 1939. La guerra ya se daba por perdida. El pánico se desató en la población madrileña por miedo a las represalias de los nacionales. Muchos vieron la única salida posible en el Mediterráneo, y empezaron a huir en masa hacia los puertos del levante español por la carretera de Valencia. Para un teniente médico madrileño como Villegas (así lo pinta Carrere en La ciudad de los siete puñales), no era tan difícil la huida, desde el punto de vista logístico. Podía requisar alguno de los vehículos que controlaba el Cuerpo de Sanidad, llenarlo de gasolina y conducir a toda prisa. No lo haría solo, además. Por entonces había corrido el bulo de que varias potencias europeas como Francia y Gran Bretaña habían fletado decenas de barcos mercantes para evacuar a los refugiados y militares republicanos antes de que llegaran los franquistas. Pero al llegar a la costa levantina se llevaron el chasco de su vida: ni rastro de los barcos salvadores, mientras que las fuerzas de Franco, con ayuda de una división italiana, bloquearon los puertos de Valencia y Alicante. En aquella coyuntura, Valencia se convirtió en una trampa mortal. Si Villegas Estrada llevaba todavía el uniforme y las insignias de teniente médico del Ejército rojo, su destino estaba cantado: una ejecución sin juicio frente al paredón, como el propio Villegas temía según el relato del desconocido. ¿Habrá muerto Villegas Estrada a finales de marzo o principios de abril de 1939 en Valencia? Difícil responder. De un artículo que le dedicó Emilio Carrere en 1945, que este que describe un encuentro entre ambos en el rastro de Madrid, se deduce (pero solo se deduce) que la escena tuvo lugar después de la guerra. ¿Se habrá confundido Carrere de tiempo? (Aunque quizás el confundido soy yo). Imposible responder sin más información. Pero al menos tenemos ya un nuevo punto, y un punto realmente importante, para seguir trazando más líneas y lograr descifrar el dibujo.

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