Toda biografía es borrosa. Como los fotograbados antiguos de los periódicos, en que la calidad corriente del papel, su porosidad y la pobre densidad de la tinta deja la figura como deshilachada en una penumbra de grises donde los rasgos se difuminan un poco. La nitidez en una biografía es también imposible. La biografía es el relato de una vida. ¿Pero acaso conoce realmente o puede conocer quien la escribe la vida de la persona en cuestión? ¿Y cómo va a conocerla si las más de las veces ni siquiera conoce o conoció a la persona biografiada? Y todavía es peor en el caso de que se trate de la biografía de una persona muy lejana en el tiempo, de otra época, o que vivió en otra cultura y habló en otra lengua. Los problemas se multiplican en relación inversamente proporcional a la escasez píxeles.
Toda biografía es una aproximación muy borrosa a una sombra fugitiva que se desvanece. Hay que fijar esa sombra. En realidad, las biografías están hechas con pedazos de otras biografías. O acaso es que uno escribe de otras vidas para hablar de la vida de uno, o más bien para reflejarse en el personaje del que se escribe o que uno sin más se inventa. Porque no hay otra manera de hacerlas. No queda más remedio que improvisar e inventar. De lo contrario, ¿cómo rellenar los agujeros de ese queso de gruyere que es toda biografía. Las biografías, repito, están hechas con pedazos de otras cosas. A veces, con pedacitos muy pequeños de otras cosas. Una biografía es como un inmenso puzle del que nos faltan infinidad de piezas. Salvo que con las pocas que tenemos ya podemos hacernos una idea de la imagen que revelan. Y si tenemos la suerte de tener las piezas de borde y las de esquina, pues mejor todavía: ya tenemos un marco para seguir circunscribiendo dicha imagen.
Cavilo en estas cosas mientras pienso en algunas biografías literarias que he escrito, o más bien inventado. Normalmente no pasan de las cien páginas, de modo que llamarlas biografías es muy exagerado. Por lo general intento, sobre todo, más que una fotografía —siempre condenada a una difusa opacidad— dar una radiografía del personaje. A fin de cuentas, la verdadera vida de un poeta, como dijo Octavio Paz a propósito de Pessoa, son sus versos. Uno no ha conocido a la persona, pero si ha leído sus versos, ya tiene una posible imagen de lo que el poeta pensaba y sentía; ya puede atreverse a levantar un bosquejo del personaje en cuestión. Porque la escritura de los poetas es una prolongación de su cuerpo, de su presencia física y espiritual en el tiempo.
Una de las últimas biografías que he escrito, o inventado al escribirla, es la de Fernando Villegas Estrada, que preparé a guisa prólogo para mi edición de Café romántico y otros poemas, el único libro publicado por el poeta en 1927, hace ya la friolera de casi cien años, y del que no existía ninguna reedición, mientras que los pocos ejemplares originales que andan por las librerías anticuarias y de segunda mano alcanzan precios exorbitantes. Claro que un prólogo de cien páginas para un libro de poemas tan magro y de un escritor tan insignificante en la historia de nuestra literatura, puede parecer igual de exorbitante que esos precios que menciono. Muchas veces me preguntan por qué escribo sobre poetas olvidados o desconocidos. Yo creo que es por pereza. Porque sobre Cervantes o Rubén Darío ya se han vertido ríos de tinta. Imagínense el esfuerzo que sería necesario, y todo lo que habría que leer antes, para decir algo nuevo sobre figuras tan universales como las mencionadas. Prefiero escribir sobre lo que casi nadie escribe. (Confieso, no obstante, que he tenido la debilidad de escribir una pequeña biografía parcial de Darío, tan parcial que se limita a los tres meses de su primera visita a España).
Fernando Villegas Estrada fue médico y poeta bohemio, y su principal contribución a la historia de la literatura española consiste en un soneto titulado «Lección de anatomía» en que el yo que cuenta (más que canta) evoca una escena en el anfiteatro de anatomía en que él y otro estudiante se preparan para hacer la autopsia, sobre la mesa de disección, del cuerpo de una joven prostituta, pero antes de cortarla, y envalentonados con el alcohol del botiquín, deciden hacerle un último ultraje al todavía hermoso cadáver. Esto último no lo dice el soneto explícitamente, pero lo sugiere de una manera tan sibilina y magistral que la pieza se ha convertido en un clásico de la poesía modernista española y no suele faltar en las antologías. El soneto suele compararse con el famoso cuadro de Enrique Simonet ¡Y tenía corazón! (1890) que forma parte de la colección permanente del Museo de Málaga.
Sobre este escritor se ha escrito algo, sí, pero muy poco, y yo intenté resumir todo lo que se sabe de él y todo lo que se puede adivinar por los indicios de que disponemos, para así resucitar en cierto modo al personaje. Una biografía es, después de todo, algo muy parecido a una reconstrucción judicial: es el relato de la interpretación más convincente que puede hacerse a partir de las evidencias existentes. Una biografía galvánica, como aquellas históricas ranas espachurradas a las que se aplicaba la pila y movían las ancas frenéticamente como si recuperasen de súbito a la vida y quisieran dar un nuevo salto para volver al charco.
El otro día me entretuve revisando viejos periódicos en la Hemeroteca digital de la BNE e hice algunos hallazgos nuevos sobre la vida de este escurridizo personaje de la bohemia madrileña del novecientos. Son las nuevas piezas del puzle que he tenido la suerte de localizar y que encajan sin dificultad en algunos huecos. No carecen de interés y los comunico aquí con quienes sientan alguna curiosidad (si los hubiere) por saber más del personaje en cuestión, al mismo tiempo que me permiten a completar o corregir alguna que otra página de mi estudio biográfico previo, titulado «El modernismo golfo de Fernando Villegas Estrada».
El primer documento lo hallé en Google Books. y es sin duda el más interesante de todos, porque aporta un par de datos muy relevantes. No solo revalida su estadía en Cuba y su educación en la isla, las cuales señalé por primera vez en 2023 al dar a conocer un artículo olvidado de Emilio Morales de Acevedo en la revista Social de La Habana de noviembre de 1920, sino que también arroja algo de luz sobre algunas circunstancias biográficas del poeta que estaban envueltas en la espesa neblina de las hipótesis. Se trata de un Anuario-Memoria de la Universidad de La Habana que recoge los datos escolares del año académico 1897–1898. Fue impreso en 1899. En la página 96 de este anuario figura el nombre completo del poeta, seguido de dos informaciones claves: la de que era originario de La Rambla (Córdoba), España, y la de su edad en el momento de graduarse de bachiller, 12 años. El primer dato confirma su origen andaluz; pero no sevillano, como se había especulado hasta ahora, sino cordobés. La Rambla es una población de la provincia cordobesa que, hacia 1885 contaba con una población de unos 6.300 habitantes aproximadamente, y a unos veinte minutos en coche desde Montilla en dirección noroeste. Los dos polos de su economía eran la agricultura (vino, aceite de oliva y cereales de secano) y una potente industria cerámica y alfarera que ya para entonces empezaba a expandirse al ámbito nacional. El segundo dato confirma, por su parte, que había nacido en 1885, como yo había propuesto en mi edición de Café romántico. El graduarse de bachiller con doce años no era una anomalía tan insólita en la época. De hecho, el anuario registra numerosos graduados de 12 y 13 años. Pero el dato es indicativo de que se trataba de un alumno aventajado, que habría entrado a la enseñanza secundaria con 7 u 8 años, tras acreditar con el examen de ingreso las competencias requeridas de educación primaria, de lo que se deduce que pertenecía a una familia acomodada, tal vez la de algún oficial de rango medio del estamento militar destacado en la isla. Su instrucción primaria la habría recibido probablemente a domicilio, a cargo de algún preceptor o profesor particular. Los estudios de bachillerato, me entero, duraban cinco años, según el sistema educativo (la famosa Ley Moyano de 1857) vigente entonces tanto en España como en Cuba. Villegas pasó el examen y obtuvo su título de bachiller el martes 6 de diciembre de 1898. Esta información no es incompatible con la que yo registraba en la página 29 de mi estudio biográfico del poeta bohemio. Una auditoría de las autoridades estadounidenses, que para entonces ocupaban y administraban la isla, registra el nombre de Fernando Villegas vinculado a una escuela de Isla de Pinos, con una partida de gastos de $8.54 dólares en concepto de «libros, tinta, plumas y tiza» para el curso académico 1899-1900. La hipótesis más evidente es que el flamante bachiller, a la sazón con 14 años, había sido reclutado por las nuevas autoridades para ejercer como maestro de escuela primaria en Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), un lugar periférico y rural, muy alejado de la capital y sin duda necesitado de personal docente. El título de bachiller lo capacitaba plenamente para ejercer esa función en una época en que las autoridades norteamericanas habían iniciado, tras tomar el control de la isla, una campaña general de alfabetización de toda la población infantil.
Muchas preguntas quedan todavía sin respuesta. De todas, la principal sería saber si su padre fue, como yo sugiero, algún militar de rango medio o superior destacado en la isla. O si a familia se desplazó a Cuba por razones económicas y prosperó allí. Existen muchas otras posibilidades y variantes, pero yo creo que esas son las dos hipótesis más solventes. Si era un oficial del ejército español de la guarnición fija de La Habana o destinado en el interior con la familia en la capital, o un oficial del cuerpo de intendencia o de los servicios administrativos del ejército, ¿habría decidido repatriarse con su familia después de la derrota de España o decidió quedarse en la isla? Lo único que sabemos, por la auditoría preparada para el Congreso de los Estados Unidos, es que el futuro poeta trabajó muy joven como maestro de escuela en la Isla de Pinos en el año académico 1899–1900. Sabemos también que realizaría sus estudios de medicina en la Facultad de Medicina de San Carlos, en la empinada calle de Atocha en Madrid. Así pues, ¿cuándo volvió el indiano a la vieja metrópolis? Las primeras publicaciones del poeta de que tenemos noticia se sitúan en 1907 y Alberto de Segovia indica que cuando Villegas empezó a estudiar la carrera de medicina en San Carlos alternaba sus trabajos de clase con el cultivo de las letras. Si el joven poeta volvió a España en 1907 y empezó ese mismo año sus estudios de medicina, los habría terminado en 1914, algo que parece confirmar la publicación de los dos sonetillos heptasílabos aparecidos en el Boletín de los Colegios de Practicantes de Medicina y Cirugía de julio de ese mismo año y a los que me referiré enseguida. Esta publicación no prueba nada, claro está, pero apunta en cierta dirección y se añade a las otras evidencias. El puzle del que hablaba antes, aunque aún con muchos agujeros y zonas vacías, empieza a mostrar una idea general de la imagen que contiene.
El segundo documento se refiere a la despedida organizada por el diario La Jornada en honor del escritor bohemio Alfonso Vidal y Planas, colaborador de dicho periódico, que se disponía a partir, «con su zurrón a cuestas», para un viaje a pie a través de Castilla, Aragón y Cataluña. Un viaje literario, porque el propósito era escribir sus impresiones para el mencionado diario. La noticia aparece en la edición nocturna de España Nueva (este periódico lanzaba tres ediciones al día: ediciones de la mañana, tarde y noche), del 16 de junio de 1919. Para la ocasión, La Jornada había arreglado una cena e invitado a medio centenar de escritores para homenajear a Vidal y Planas y desearle buena suerte. Entre ellos figura Villegas Estrada y sus amigos cercanos los escritores Ezequiel Endériz y Alberto Valero Martín.
Por último, topé también con unas cuantas piezas poéticas desconocidas que habría que incluir en una posible segunda reedición de mi Café romántico. Muestran la menesterosa calidad de su retórica averiada, desportillada, pero también cierto arranque rumbero, estiloso y un puntito canalla en su quijotesco entusiasmo. Estas piezas son dos «Epigramas» en octosílabos; dos sonetillos heptasílabos, titulados «A una espada» y «A Cristina»; y el soneto alejandrino «El viejo talismán». Reproduzco y transcribo los originales, actualizando la ortografía, y añado algunos comentarios.
EPIGRAMAS
Nació Gutiérrez gibado,
cojo, manco y contrahecho,
mientras su padre, deshecho
en llanto y desesperado,
con estruendosas razones
gritaba todo afligido
que el chico había nacido
con malas inclinaciones.***
Un famoso domador
de toda clase de fieras
me dijo en una ocasión
que, a pesar de su destreza,
jamás pudo conseguir
domesticar a su suegra.


[Prenda] muy fiel de una
amistad de soldado,
por tu hoja oportuna
de acero bien templado,
a la luz de la luna,
pasó el sueño encantado
de la española tuna,
como un cuento dorado.
Cual Don Juan has tenido,
el valor atrevido,
de tu fuero insolente,
tu viejo acero siente
el espasmo valiente
del honor ofendido.
A CRISTINA
Nombre de reina tienes,
¡oh loca reina mía!
Corona de tus sienes
teje tu fantasía;
reinos, palacios, [trenes],
galas, mi idolatría
fiel a tus desdenes,
para ti presentía,
y mi amor, personaje
de tu reino mentido
te rindió un homenaje;
que una reina ha querido,
la novela de un paje
de un reino presentido.
Ambos sonetillos se publicaron en el Boletín de los Colegios de Practicantes de Medicina y Cirugía, n.º 72, de julio de 1914, p. 9. El primer verso de «A una espada» está cojo y carece de cordura sintáctica. Podría tratarse de una transcripción errónea por parte del cajista. Lo ideal sería dejarlo como está, pero da la impresión de que falta una palabra inicial de dos o tres sílabas, como ‘amigo’, ‘testigo’, ‘vestigio’, ‘recuerdo’ o ‘prenda’. Esta última parece cuadrar mejor con el contexto: «Prenda muy fiel de una / amistad de soldado». (Es decir, la espada le fue dada en prenda de amistad y fidelidad por un soldado. He aquí una posible confirmación de la condición militar de su padre). Claro está que esto no es más que una especulación, pero la preposición ‘de’ —en lugar de la ‘a’ a que obliga la expresión ‘fiel’— parece requerir un antecedente de procedencia.
Yo quiero ser feliz casi constantemente,EL VIEJO TALISMÁN
de un bello gesto audaz, retador y valiente,
Yo poseo un viejo talismán misterioso
que tiene el poder único, más fuerte que el amor,
más fuerte que la muerte. Este maravilloso
Lo quiero, y es preciso; será efectivamente,
estar en paz conmigo; hacer nacer en mí
derrochar el tesoro de oro de mi optimismo,
profeso de esperanza y de fe en mí mismo
que yo, amigo, [pues te] amo, quisiera para ti.
Este soneto alejandrino se publicó en El Parlamentario del 21 de mayo de 1918. El verso 5 queda cojo, a no ser que forcemos un hiato entre ‘poseo’ y ‘un’. El último verso, vocativo, también plantea problemas, no solo de medida, sino también de sentido. Tal como aparece en el periódico mencionado, es necesario forzar dos hiatos [‘yo, amigo, amo’] para mantener el ritmo del alejandrino. (De hecho, los hiatos campan a sus anchas por los poemas de Villegas). En cualquier caso, este verso apelativo carece de lógica, a menos que se tome ‘amo’ como sustantivo y no como la primera persona del verbo amar. Lo que equivale a decir que el amigo aquí apelado es el amo del yo poético. Otra explicación es que podría tratarse de una mala interpretación o transcripción del manuscrito. Es decir, de un error del cajista. En mi transcripción propongo, entre paréntesis, una reconstrucción posible y añado una coma que no está en el original para hacerla más inteligible.








