miércoles, 23 de septiembre de 2026

Vidas borrosas

Toda biografía es borrosa. Como los fotograbados antiguos de los periódicos, en que la calidad corriente del papel, su porosidad y la pobre densidad de la tinta deja la figura como deshilachada en una penumbra de grises donde los rasgos se difuminan un poco. La nitidez en una biografía es también imposible. La biografía es el relato de una vida. ¿Pero acaso conoce realmente o puede conocer quien la escribe la vida de la persona en cuestión? ¿Y cómo va a conocerla si las más de las veces ni siquiera conoce o conoció a la persona biografiada? Y todavía es peor en el caso de que se trate de la biografía de una persona muy lejana en el tiempo, de otra época, o que vivió en otra cultura y habló en otra lengua. Los problemas se multiplican en relación inversamente proporcional a la escasez píxeles.

Toda biografía es una aproximación muy borrosa a una sombra fugitiva que se desvanece. Hay que fijar esa sombra. En realidad, las biografías están hechas con pedazos de otras biografías. O acaso es que uno escribe de otras vidas para hablar de la vida de uno, o más bien para reflejarse en el personaje del que se escribe o que uno sin más se inventa. Porque no hay otra manera de hacerlas. No queda más remedio que improvisar e inventar. De lo contrario, ¿cómo rellenar los agujeros de ese queso de gruyere que es toda biografía. Las biografías, repito, están hechas con pedazos de otras cosas. A veces, con pedacitos muy pequeños de otras cosas. Una biografía es como un inmenso puzle del que nos faltan infinidad de piezas. Salvo que con las pocas que tenemos ya podemos hacernos una idea de la imagen que revelan. Y si tenemos la suerte de tener las piezas de borde y las de esquina, pues mejor todavía: ya tenemos un marco para seguir circunscribiendo dicha imagen.

Cavilo en estas cosas mientras pienso en algunas biografías literarias que he escrito, o más bien inventado. Normalmente no pasan de las cien páginas, de modo que llamarlas biografías es muy exagerado. Por lo general intento, sobre todo, más que una fotografía —siempre condenada a una difusa opacidad— dar una radiografía del personaje. A fin de cuentas, la verdadera vida de un poeta, como dijo Octavio Paz a propósito de Pessoa, son sus versos. Uno no ha conocido a la persona, pero si ha leído sus versos, ya tiene una posible imagen de lo que el poeta pensaba y sentía; ya puede atreverse a levantar un bosquejo del personaje en cuestión. Porque la escritura de los poetas es una prolongación de su cuerpo, de su presencia física y espiritual en el tiempo.

Una de las últimas biografías que he escrito, o inventado al escribirla, es la de Fernando Villegas Estrada, que preparé a guisa prólogo para mi edición de Café romántico y otros poemas, el único libro publicado por el poeta en 1927, hace ya la friolera de casi cien años, y del que no existía ninguna reedición, mientras que los pocos ejemplares originales que andan por las librerías anticuarias y de segunda mano alcanzan precios exorbitantes. Claro que un prólogo de cien páginas para un libro de poemas tan magro y de un escritor tan insignificante en la historia de nuestra literatura, puede parecer igual de exorbitante que esos precios que menciono. Muchas veces me preguntan por qué escribo sobre poetas olvidados o desconocidos. Yo creo que es por pereza. Porque sobre Cervantes o Rubén Darío ya se han vertido ríos de tinta. Imagínense el esfuerzo que sería necesario, y todo lo que habría que leer antes, para decir algo nuevo sobre figuras tan universales como las mencionadas. Prefiero escribir sobre lo que casi nadie escribe. (Confieso, no obstante, que he tenido la debilidad de escribir una pequeña biografía parcial de Darío, tan parcial que se limita a los tres meses de su primera visita a España).

Fernando Villegas Estrada fue médico y poeta bohemio, y su principal contribución a la historia de la literatura española consiste en un soneto titulado «Lección de anatomía» en que el yo que cuenta (más que canta) evoca una escena en el anfiteatro de anatomía en que él y otro estudiante se preparan para hacer la autopsia, sobre la mesa de disección, del cuerpo de una joven prostituta, pero antes de cortarla, y envalentonados con el alcohol del botiquín, deciden hacerle un último ultraje al todavía hermoso cadáver. Esto último no lo dice el soneto explícitamente, pero lo sugiere de una manera tan sibilina y magistral que la pieza se ha convertido en un clásico de la poesía modernista española y no suele faltar en las antologías. El soneto suele compararse con el famoso cuadro de Enrique Simonet ¡Y tenía corazón! (1890) que forma parte de la colección permanente del Museo de Málaga.




Sobre este escritor se ha escrito algo, sí, pero muy poco, y yo intenté resumir todo lo que se sabe de él y todo lo que se puede adivinar por los indicios de que disponemos, para así resucitar en cierto modo al personaje. Una biografía es, después de todo, algo muy parecido a una reconstrucción judicial: es el relato de la interpretación más convincente que puede hacerse a partir de las evidencias existentes. Una biografía galvánica, como aquellas históricas ranas espachurradas a las que se aplicaba la pila y movían las ancas frenéticamente como si recuperasen de súbito a la vida y quisieran dar un nuevo salto para volver al charco.

El otro día me entretuve revisando viejos periódicos en la Hemeroteca digital de la BNE e hice algunos hallazgos nuevos sobre la vida de este escurridizo personaje de la bohemia madrileña del novecientos. Son las nuevas piezas del puzle que he tenido la suerte de localizar y que encajan sin dificultad en algunos huecos. No carecen de interés y los comunico aquí con quienes sientan alguna curiosidad (si los hubiere)  por saber más del personaje en cuestión, al mismo tiempo que me permiten a completar o corregir alguna que otra página de mi estudio biográfico previo, titulado «El modernismo golfo de Fernando Villegas Estrada».


El primer documento lo hallé en Google Books. y es sin duda el más interesante de todos, porque aporta un par de datos muy relevantes. No solo revalida su estadía en Cuba y su educación en la isla, las cuales señalé por primera vez en 2023 al dar a conocer un artículo olvidado de Emilio Morales de Acevedo en la revista Social de La Habana de noviembre de 1920, sino que también arroja algo de luz sobre algunas circunstancias biográficas del poeta que estaban envueltas en la espesa neblina de las hipótesis. Se trata de un Anuario-Memoria de la Universidad de La Habana que recoge los datos escolares del año académico 1897–1898. Fue impreso en 1899. En la página 96 de este anuario figura el nombre completo del poeta, seguido de dos informaciones claves: la de que era originario de La Rambla (Córdoba), España, y la de su edad en el momento de graduarse de bachiller, 12 años. El primer dato confirma su origen andaluz; pero no sevillano, como se había especulado hasta ahora, sino cordobés. La Rambla es una población de la provincia cordobesa que, hacia 1885 contaba con una población de unos 6.300 habitantes aproximadamente, y a unos veinte minutos en coche desde Montilla en dirección noroeste. Los dos polos de su economía eran la agricultura (vino, aceite de oliva y cereales de secano) y una potente industria cerámica y alfarera que ya para entonces empezaba a expandirse al ámbito nacional. El segundo dato confirma, por su parte, que había nacido en 1885, como yo había propuesto en mi edición de Café romántico. El graduarse de bachiller con doce años no era una anomalía tan insólita en la época. De hecho, el anuario registra numerosos graduados de 12 y 13 años. Pero el dato es indicativo de que se trataba de un alumno aventajado, que habría entrado a la enseñanza secundaria con 7 u 8 años, tras acreditar con el examen de ingreso las competencias requeridas de educación primaria, de lo que se deduce que pertenecía a una familia acomodada, tal vez la de algún oficial de rango medio del estamento militar destacado en la isla. Su instrucción primaria la habría recibido probablemente a domicilio, a cargo de algún preceptor o profesor particular. Los estudios de bachillerato, me entero, duraban cinco años, según el sistema educativo (la famosa Ley Moyano de 1857) vigente entonces tanto en España como en Cuba. Villegas pasó el examen y obtuvo su título de bachiller el martes 6 de diciembre de 1898. Esta información no es incompatible con la que yo registraba en la página 29 de mi estudio biográfico del poeta bohemio. Una auditoría de las autoridades estadounidenses, que para entonces ocupaban y administraban la isla, registra el nombre de Fernando Villegas vinculado a una escuela de Isla de Pinos, con una partida de gastos de $8.54 dólares en concepto de «libros, tinta, plumas y tiza» para el curso académico 1899-1900. La hipótesis más evidente es que el flamante bachiller, a la sazón con 14 años, había sido reclutado por las nuevas autoridades para ejercer como maestro de escuela primaria en Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), un lugar periférico y rural, muy alejado de la capital y sin duda necesitado de personal docente. El título de bachiller lo capacitaba plenamente para ejercer esa función en una época en que las autoridades norteamericanas habían iniciado, tras tomar el control de la isla, una campaña general de alfabetización de toda la población infantil.

Muchas preguntas quedan todavía sin respuesta. De todas, la principal sería saber si su padre fue, como yo sugiero, algún militar de rango medio o superior destacado en la isla. O si a familia se desplazó a Cuba por razones económicas y prosperó allí. Existen muchas otras posibilidades y variantes, pero yo creo que esas son las dos hipótesis más solventes. Si era un oficial del ejército español de la guarnición fija de La Habana o destinado en el interior con la familia en la capital, o un oficial del cuerpo de intendencia o de los servicios administrativos del ejército, ¿habría decidido repatriarse con su familia después de la derrota de España o decidió quedarse en la isla? Lo único que sabemos, por la auditoría preparada para el Congreso de los Estados Unidos, es que el futuro poeta trabajó muy joven como maestro de escuela en la Isla de Pinos en el año académico 1899–1900. Sabemos también que realizaría sus estudios de medicina en la Facultad de Medicina de San Carlos, en la empinada calle de Atocha en Madrid. Así pues, ¿cuándo volvió el indiano a la vieja metrópolis? Las primeras publicaciones del poeta de que tenemos noticia se sitúan en 1907 y Alberto de Segovia indica que cuando Villegas empezó a estudiar la carrera de medicina en San Carlos alternaba sus trabajos de clase con el cultivo de las letras. Si el joven poeta volvió a España en 1907 y empezó ese mismo año sus estudios de medicina, los habría terminado en 1914, algo que parece confirmar la publicación de los dos sonetillos heptasílabos aparecidos en el Boletín de los Colegios de Practicantes de Medicina y Cirugía de julio de ese mismo año y a los que me referiré enseguida. Esta publicación no prueba nada, claro está, pero apunta en cierta dirección y se añade a las otras evidencias. El puzle del que hablaba antes, aunque aún con muchos agujeros y zonas vacías, empieza a mostrar una idea general de la imagen que contiene.

El segundo documento se refiere a la despedida organizada por el diario La Jornada en honor del escritor bohemio Alfonso Vidal y Planas, colaborador de dicho periódico, que se disponía a partir, «con su zurrón a cuestas», para un viaje a pie a través de Castilla, Aragón y Cataluña. Un viaje literario, porque el propósito era escribir sus impresiones para el mencionado diario. La noticia aparece en la edición nocturna de España Nueva (este periódico lanzaba tres ediciones al día: ediciones de la mañana, tarde y noche), del 16 de junio de 1919.  Para la ocasión, La Jornada había arreglado una cena e invitado a medio centenar de escritores para homenajear a Vidal y Planas y desearle buena suerte. Entre ellos figura Villegas Estrada y sus amigos cercanos los escritores Ezequiel Endériz y Alberto Valero Martín.



Por último, topé también con unas cuantas piezas poéticas desconocidas que habría que incluir en una posible segunda reedición de mi Café romántico. Muestran la menesterosa calidad de su retórica averiada, desportillada, pero también cierto arranque rumbero, estiloso y un puntito canalla en su quijotesco entusiasmo. Estas piezas son dos «Epigramas» en octosílabos; dos sonetillos heptasílabos, titulados «A una espada» y «A Cristina»;  y el soneto alejandrino «El viejo talismán». Reproduzco y transcribo los originales, actualizando la ortografía, y añado algunos comentarios.




EPIGRAMAS


Nació Gutiérrez gibado,
cojo, manco y contrahecho,
mientras su padre, deshecho
en llanto y desesperado,
con estruendosas razones
gritaba todo afligido
que el chico había nacido
con malas inclinaciones.

                        ***


    Un famoso domador
de toda clase de fieras
me dijo en una ocasión
que, a pesar de su destreza,
jamás pudo conseguir
domesticar a su suegra.

Estos dos epigramas fueron publicados en Asturias: Revista Ilustrada, n.º 265, de agosto de 1907, pp. 105–106.







        A UNA ESPADA

[Prenda] muy fiel de una
amistad de soldado,
por tu hoja oportuna
de acero bien templado,

    a la luz de la luna,
pasó el sueño encantado
de la española tuna,
como un cuento dorado.

    Cual Don Juan has tenido,
el valor atrevido,
de tu fuero insolente,

    tu viejo acero siente
el espasmo valiente
del honor ofendido.


        A CRISTINA

Nombre de reina tienes,
¡oh loca reina mía!
Corona de tus sienes
teje tu fantasía;

    reinos, palacios, [trenes],
galas, mi idolatría
fiel a tus desdenes,
para ti presentía,

    y mi amor, personaje
de tu reino mentido
te rindió un homenaje;

    que una reina ha querido,
la novela de un paje
de un reino presentido.


Ambos sonetillos se publicaron en el Boletín de los Colegios de Practicantes de Medicina y Cirugía, n.º 72, de julio de 1914, p. 9. El primer verso de «A una espada» está cojo y carece de cordura sintáctica. Podría tratarse de una transcripción errónea por parte del cajista. Lo ideal sería dejarlo como está, pero da la impresión de que falta una palabra inicial de dos o tres sílabas, como ‘amigo’, ‘testigo’, ‘vestigio’, ‘recuerdo’ o ‘prenda’. Esta última parece cuadrar mejor con el contexto: «Prenda muy fiel de una / amistad de soldado». (Es decir, la espada le fue dada en prenda de amistad y fidelidad por un soldado. He aquí una posible confirmación de la condición militar de su padre). Claro está que esto no es más que una especulación, pero la preposición ‘de’ —en lugar de la ‘a’ a que obliga la expresión ‘fiel’— parece requerir un antecedente de procedencia.

En el segundo sonetillo, el original dice, literalmente, «reinos, palacios, tronos» en el verso 5. Tengo la impresión de que el cajista interpretó mal la palabra ‘trenes’, con toda la razón del mundo, ya que el contexto parece requerir ‘tronos’ como necesario remate de la gradación ascendente, pero la palabra siguiente, ‘galas’, ya nos avisa que la gradación es en realidad descendente, y que ‘trenes’ debe interpretarse en la acepción 4, poco usada actualmente, que le asigna el DRAE; es decir, en el sentido de «ostentación, pompa o lujo con que se vive». De lo contrario, ese verso se quedaría suelto, lo que en un soneto es un pecado mortal.

 



EL VIEJO TALISMÁN

Yo quiero ser feliz casi constantemente,
que mi espíritu intrépido tenga la gallardía
de un bello gesto audaz, retador y valiente,
vencedor del dolor y la melancolía.

    Yo poseo un viejo talismán misterioso
que tiene el poder único, más fuerte que el amor,
más fuerte que la muerte. Este maravilloso
corazón de poeta y de conquistador.

    Lo quiero, y es preciso; será efectivamente,
estar en paz conmigo; hacer nacer en mí
otro gentil espíritu, y generosamente

    derrochar el tesoro de oro de mi optimismo,
profeso de esperanza y de fe en mí mismo
que yo, amigo, [pues te] amo, quisiera para ti.


Este soneto alejandrino se publicó en El Parlamentario del 21 de mayo de 1918. El verso 5 queda cojo, a no ser que forcemos un hiato entre ‘poseo’ y ‘un’. El último verso, vocativo, también plantea problemas, no solo de medida, sino también de sentido. Tal como aparece en el periódico mencionado, es necesario forzar dos hiatos [‘yo, amigo, amo’] para mantener el ritmo del alejandrino. (De hecho, los hiatos campan a sus anchas por los poemas de Villegas). En cualquier caso, este verso apelativo carece de lógica, a menos que se tome ‘amo’ como sustantivo y no como la primera persona del verbo amar. Lo que equivale a decir que el amigo aquí apelado es el amo del yo poético. Otra explicación es que podría tratarse de una mala interpretación o transcripción del manuscrito. Es decir, de un error del cajista. En mi transcripción propongo, entre paréntesis, una reconstrucción posible y añado una coma que no está en el original para hacerla más inteligible.


 





miércoles, 16 de septiembre de 2026

Tiempo nublado (1)

De un día para otro, las temperaturas descienden a la mitad: de los 32 grados centígrados del pasado viernes a los 16 de ayer y de hoy [escribo esto el domingo 13 de septiembre], con cielos veteados de nubes que van del gris oscuro al nacarado, cruzados de venas de rizada espuma blanca. La lluvia (no los aguaceros trepidantes y repentinos típicos del final del verano, sino esa lluvia tan suave y despaciosa como persistente típica de Galicia) también nos ha venido a refrescar un poco después de días de soles y brisas ardientes como brasas. ¿El otoño? Espero que sí. Parece haber llegado de repente, sigiloso y sin anunciarse. Es la estación que más me gusta.

¿Y qué quieren que les diga? También el tiempo está nublado en la atmósfera política y económica de este país. Yo querría solo hablar de literatura en estas páginas electrónicas, pero no consigo apartar mi atención de todo lo que está pasando en los Estados Unidos de América. Las señales de un rápido colapso se acumulan. Ojalá esté equivocado. Mi pesimismo gallego me lleva, sin embargo, a temer lo peor. Aunque todo esto se veía venir, como he estado advirtiendo aquí para quien quisiere leer. Lo que no pensaba es que sucedería tan rápido. Después de todo, Hugo Chávez necesitó casi una docena de años para terminar de destruir Venezuela. De modo que, supuse, el trumpismo necesitará por lo menos dos docenas. Veo que estaba equivocado en mis cálculos: parece que lo va a conseguir solo en dos años. Estos dos últimos años.

Dado el clima oscuroso de hoy, se me ocurre titular este escrito «Tiempo nublado», pero enseguida me doy cuenta de que no es un título muy original: Octavio Paz publicó a finales de los 80, creo, un libro titulado así. En cualquier caso, le conviene. Y, además, puedo hacerlo como un homenaje al llorado maestro mexicano, un gran admirador y defensor de la cultura política estadounidense que, estoy seguro, vería con horror lo que está sucediendo actualmente en el país, si fuese testigo de estos tiempos. Estoy completamente seguro de que él vería con la misma seguridad con que yo lo veo que el llamado trumpismo reúne, acumulados en una especie de zumo o concentrado, los peores defectos de esta sociedad.

Ya he dicho más de una vez que Trump no inventó el trumpismo, sino que es el trumpismo el que ha creado a Trump a su imagen y semejanza. Trump carece de imaginación para inventar nada. Pero capacidad para mentir, para engañar, para destruir, para enredarlo todo, para decir digo donde antes dijo Diego, para desorquestar el orden y sembrar el caos, y para reducirlo todo a cenizas (como esos inquilinos que, cuando ya saben que el desahucio es inevitable, abandonan por fin del piso que ocupan, pero no sin antes quemar los muebles y romper puertas y ventanas) esa sí que la tiene. Porque, muy al contrario de lo que muchos piensan, Trump no es un fenómeno extraordinario, sino uno de esos productos averiados tan típicos de la sociedad americana (como Rudy Giuliani, como Mike Lindell, como Sydney Powell, como  Pete Hegseth, como el sapo Blanche, como el lunático Lutnik, como la bad Bondi y tantos y tantos otros), y el trumpismo, aunque sin este nombre hasta el advenimiento a la política del engendro que me ocupa en estos párrafos, ha estado aquí desde el principio mismo del nacimiento de la nación. Lo extraordinario es que ese trumpismo sin nombre que había estado siempre latente haya conseguido poner esta cochambre en la Casa Blanca; y que un ser insignificante y ruin esté al frente de la poderosa máquina del país económica y militarmente más poderoso del mundo. Y por segunda vez. ¿Se habían olvidado ya de cómo terminó la primera? ¡Pues imagínense cómo puede terminar esta segunda!

Porque, aunque evolucionen, las naciones no cambian tanto, y las guerras civiles y las revoluciones, pese a las apariencias, nunca acaban de erradicar los males que internamente las devoran o las hacen falibles. A fin de cuentas, una nación es la gente que vive en ella y las tradiciones sociales, culturales, económicas y religiosas a las que esas gentes se apegan históricamente y tejen su vida diaria y modelan su forma de pensar. La Revolución Rusa no cambió esencialmente la Rusia burocrática que aparece descrita en las novelas de Dostoyevski. Los bolcheviques terminaron creando una burocracia tan zarista en sus métodos como la que derrocaron. De igual manera, el chavismo no terminó nunca con la corrupción absoluta que campaba en los gobiernos (y, de hecho, en todo el tejido social) de la precaria petro-democracia de la Venezuela del último cuarto del siglo XX, sino que la toleró e incluso la hizo suya como forma de gobierno. También en este caso, el remedio fue peor que la enfermedad.

De la misma manera, el barniz civilizador y el tremendo progreso tecnológico no pueden ocultar que este país tiene apenas, reconozcámoslo, los 250 años que acaba de cumplir, sigue creyendo que las armas son los mejores dispositivos para el diálogo y la manera más simple y rápida de resolver problemas complejos, y que la Biblia está por encima de la Constitución y el individuo solo tiene que responder ante ella, o ante la interpretación, más bien, que hace de ella, incluso en el ámbito civil. Como bromeaba yo con mi buen amigo el poeta Juan Luis Calbarro cuando vino de visita a Hastings College en el mes de abril, si los comparamos con España, los Estados Unidos estarían ahora en la época de los reyes godos. Y, de hecho, no era tan descabellada la semejanza, aunque se tratase de una broma; después de todo, el presidente se comportó como Chindasvinto al ordenar el asesinato a traición de la jerarquía política y diplomática iraní con la que sus enviados negociaban entonces la supresión del programa nuclear del régimen ayatolesco. Bajo la sugestión del genocida Netanyahu, calculó que sería mejor suprimirlos a todos, autoridades y negociadores, y declarar la guerra, que continuar las aburridas negociaciones. Un golpe tan espectacular, se presentaba además como una ocasión única para desviar la atención del público del escándalo de los papeles de Epstein, en los que su nombre brilla precisamente por su omnipresencia.

Imaginen una losa de mármol recorrida por una veta de un color peculiar. La piedra se puede pulir, esculpir o incluso romper, pero la veta persiste; no es posible cambiar la naturaleza original de la losa. Algo similar pasa con los países. En el caso de los Estados Unidos, se trata en esencia, de la  idea del “Destino Manifiesto”, espuria doctrina con la que Washington justificó, a mediados del siglo XIX, el robo por los colonos anglosajones, no ya de las tierras de los nativos indígenas, porque a esos ni siquiera se les consideraba entonces humanos, ni tenían títulos de propiedad (y por tanto no era robo en absoluto) sino la anexión de Texas (pronúnciese ‘Tejas’) y la guerra contra México (pronúnciese ‘Méjico’), un país soberano y reconocido por la comunidad internacional, para apoderarse de más de la mitad de su territorio. Es esa convicción moral de que la nación representa un experimento único en la historia, destinado a liderar o moldear el resto del mundo (ya sea mediante el ejemplo, el soborno, el engaño, la presión política, las sanciones económicas, la intervención activa o la guerra total), la que impulsa estos conflictos. Asimismo, el individualismo —el otro gran ingrediente de esa veta que intento describir— podría ser una virtud si no estuviera teñido de un profundo odio innato hacia el gobierno central (Big Government) y sus regulaciones. El ideal libertario es aquí una libertad sin solidaridad, la del individuo que piensa que su libertad está por encima de todo y de todos, y que no está obligado, paradójicamente, a una mínima consideración de la libertad de los demás individuos que viven en su entorno. Tal vez eso es la consecuencia de la enorme extensión del país, y de la escasa población de los estados del interior, eso que aquí se llama Medio Oeste o heartland (corazón de la tierra o corazón de la patria). El individuo aquí nace rodeado de espacio a su alrededor. Los otros están siempre distantes.

Es por eso que yo no le veo mucha solución a los problemas que se están acumulando en la hora presente sobre los Estados Unidos de América como una tormenta perfecta. Es como si todos los cobradores del frac estuvieran presentando al cobro todas las facturas pendientes a la vez. Ya saben por entradas anteriores de esta bitácora que no tengo absolutamente ninguna buena opinión del actual gobierno ni de ninguno de los individuos descerebrados que lo pilotan, empezando por el presidente mismo, un botarate que solo acierto a describirlo como el Hugo Chávez o el Nicolás Maduro de los Estados Unidos, y terminando con el último de sus ministros, colaboradores y consejeros. El trumpismo es como el chavismo, solo que un chavismo anglosajón. Chavismo a la americana. Cuando un presidente y sus ministros necesitan repetir constantemente, cada vez que tienen un micrófono delante, que los Estados Unidos de América es el país más grande del mundo y que su ejército es también el más poderoso del orbe, uno presiente que algo no anda bien en el país. La grandeza se demuestra con hechos, no con palabras, y grandeza es precisamente lo que brilla por su ausencia en todas las acciones emprendidas por este gobierno, movido siempre por la codicia, la arrogancia y una ruindad moral sin paliativos. Y nadie duda de que el ejército americano es desde luego poderoso y dispone de tecnología punta para destruir todo lo que se le ponga por delante, pero también hay que recordar que, desde hace ya más de ochenta años, no ha ganado ninguna de las guerras en las que se ha visto involucrado.

En realidad, lo que más bien podría decirse de este gobierno de los Estados Unidos y de estas horas crepusculares del imperio americano es que empieza a parecerse mucho a una versión televisiva y algo grotesca del imperio romano de la decadencia, como si alguien hubiese decidido hacer un programa de telerrealidad: los soldados americanos patrullan y mueren en fronteras distantes, a miles de kilómetros del país, como ocurre ahora con el estrecho de Ormuz, para mantener la hegemonía militar y comercial del país, de la misma manera que las legiones romanas de la época de Diocleciano, Constantino o Teodosio patrullaban las fronteras más lejanas del imperio para contener la presión de los pueblos germánicos. Y mientras en el interior del imperio romano las élites económicas se volvían cada vez más ricas, las ciudades agonizaban, el tejido social se degradaba, las devaluaciones constantes de las monedas reducían el nivel de vida de las clases medias urbanas y rurales a un nivel de subsistencia, y la pobreza y la servidumbre se expandían por todo el imperio, yo llevo ya algún tiempo viendo señales de un declive similar del nivel de vida de los americanos en los Estados Unidos, donde las facturas del hospital, de los seguros de salud y de vivienda, y los impuestos a la propiedad caen sobre las familias como bombas de racimo que acaban con la vida económica de las clases media y baja. Ojalá me equivoque y mi visión esté por completo distorsionada en este asunto, y mis impresiones sean falsas o el producto de mi pesimismo de emigrante gallego.

Pero también Roma tenía por aquellas épocas un ejército hipertrofiado que absorbía la gran mayoría de los recursos económicos del imperio para mantener las invasiones, las guerras contra los germanos y la defensa de la hegemonía romana, eso que muchos llaman la pax romana. Veo algo parecido en los Estados Unidos: un ejército enorme, diseminado por todo el mundo para mantener la hegemonía y los intereses políticos y económicos del país, y una burocracia militar gigante, la del Pentágono, mientras las clases trabajadoras son desvalijadas por la inflación y los impuestos y sufren una lenta pero progresiva caída de su nivel de vida, mientras que una pequeña élite de mega ricos acumula privilegios, favores políticos, y se hace con la mayor parte de las riquezas del país.

En este contexto, nuestro pequeño emperador naranja se dedica a jugar a la guerra con un país que no nos había provocado, a matar a cañonazos a los pequeños camellos venezolanos que mueven la droga por las islas del Caribe (y tal vez a algún que otro pescador desprevenido), a raptar a dictadorzuelos tropicales cuya catadura moral no es desde luego peor que la suya, a cambiar los nombres de lagos y golfos (como el lago Ontario y el golfo de México, que han pasado a llamarse en los Estados Unidos, y debido a su pobre inventiva, el lago de América y el golfo de América; y ahora que lo pienso: ¡el golfo de América es él!), a perseguir a las personas bajitas y de piel morena (sobre todo si hablan español), a desmantelar todos los sistemas de asistencia social a los más desfavorecidos y a declararle la guerra comercial, mediante aranceles generales y arbitrarios, a todo el mundo mundial excepto a sus admirados Putin, Orbán y King Jong Un.

Pero lo más incomprensible es haberse metido en una guerra que todos los presidentes anteriores (haciéndole oídos sordos a Israel) habían prudente y cuidadosamente evitado, una guerra para la que los Estados Unidos no tenía ni tiene el dinero, y que le saldrá, como las otras, catastróficamente cara. Quizás a base de bombas consigan los cazas americanos reducir a los iraníes a polvo y ceniza, para felicidad de los israelíes, que le darán la enhorabuena a nuestro pequeño emperador naranja. Después de todo, Pete Hegseth, nuestro ministro de la Guerra (conocido por sus problemas con el alcohol y de su tiempo como tertuliano de la Fox en calidad de todólogo, lo que me recuerda la maravillosa capacidad que tiene uno, en este país increíble, de reciclarse a cualquier edad y en cualquier cosa; para ministro de guerra en estos tiempos, uno solo necesita ser lo suficientemente canalla) ha dejado muy claro que a partir de ahora los Estados Unidos solo negocian con bombas. Pero el coste de esa destrucción del enemigo acarreará la propia ruina económica de América misma:  con cuarenta millones de millones de dólares de deuda y unos intereses que alcanzan a un millón de millones de dólares anuales, era un suicidio colectivo embarcarse en esa guerra. Nuestro pequeño emperador naranja dice que la ha ganado ya tantas veces (y por goleada, como las elecciones de 2020) que yo ya he perdido la cuenta de tanta victoria clamorosa, y dice también que tiene intención de cambiarle el nombre al estrecho de Ormuz, que pasará a llamarse “estrecho de Trump”. (También baraja la idea de cambiar el nombre de Nuevo México [pronúnciese ‘Méjico’] por el de Nueva América. Tal vez sería bueno recordarle a él y a sus esbirros que Nuevo México tenía ya su historia, la escrita por el capitán español Gaspar de Villagrá y publicada en Alcalá de Henares en 1610, toda una década antes de que el Mayflower, con los Padres Peregrinos, llegara a Cabo Cod en la actual Massachusetts en 1620). En resumidas cuentas, que a pesar de que, según sus palabras, ha ganado esta guerra cientos de veces, ahí siguen los portaaviones americanos, bloqueando el paso por el estrecho y los misiles de ambos adversarios siguen volando y destruyendo cosas. Confieso que nunca había visto victorias tan averiadas como estas, ni tan próximas al fracaso. Por otro lado, parece también que las “bombas de negociar” se le están acabando a Hegseth, lo cual ha dificultado algo el progreso de sus negociaciones con los iraníes en estas últimas semanas. El alto al fuego y el tratado, lejos de concretarse, se ven cada vez más lejos. Pero, háganse ustedes cargo: todo esto no es más que la consecuencia de haber puesto en la Casa Blanca a un completo imbécil rodeado de una corte de bufones y payasos, eso sí, a cual más siniestro e incompetente.

Por si no teníamos ya bastantes problemas, a nuestro pequeño emperador naranja no se le ocurrió nada mejor que agitar el avispero del Oriente Medio esperando obtener un triunfo rápido y limpio como el de Maduro, si tal cosa lo fuera. Nadie parece haberle informado que Irán no se puede comparar con Venezuela (el ejército venezolano no movió ni un dedo y no disparó ni un solo tirito para defender a Maduro; y es obvio la vicepresidenta Rodríguez, que es ahora la presi, estaba seguramente en el ajo de toda la operación), ni que remover ese avispero suele tener consecuencias en los precios de la gasolina. Pero es que además no hay dinero en las arcas para pagar esa guerra (“pequeña operación militar” la llama a veces, olvidando que también Putin calificó así su invasión de Ucrania, y ya lleva cinco años enfangado en esa guerra).

Como en la época del Bajo Imperio romano, las arcas del tesoro estadounidense se agotan en pagar ejércitos estacionados en regiones distantes, patrullar los océanos y los espacios, financiar invasiones y guerras, sostener la burocracia militar elefantiásica del Pentágono, construir armas carísimas cada vez más sofisticadas y mortíferas, mientras que a la población del país no le alcanza para pagar sus alquileres, ni las letras del coche, ni sus cuentas de seguros y hospitales, ni el carrito de la compra. Y los pueblos languidecen y agonizan, arruinados por las deudas y una precariedad laboral cada vez más extendida. A mí me parece que este país lleva así muchos años, incluso décadas, descuidando a su gente, sin invertir en infraestructuras esenciales, comunicaciones y transportes, con una gran parte de su población cada vez más empobrecida, desamparada, y con unos niveles de vida en progresiva decadencia. Es un abandono que se ha prolongado demasiado en el tiempo. Este desdén absoluto por la gente trabajadora y humilde, combinado con un desprecio no menos absoluto por todo lo público, es lo que está dejando al país hecho unos zorros. Los conservadores (mira por dónde, siempre son ellos los que las empiezan) han embarcado a esta nación en una nueva guerra, una guerra totalmente innecesaria, y por completo ilegal e inmoral, sin mediar provocación y por puro capricho. Los nubarrones se agolpan ominosos en el horizonte, y las señales de alarma están saltando una detrás de otra, como en la cabina de mando de un avión descontrolado. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 30 de junio de 2026

Villegas Estrada en Valencia (marzo de 1939)

En la noche del lunes 30 de julio de 1945, mientras el escritor Rafael Cansinos Assens se halla sentado en el banco de la (entonces) calle General Mola, como todas las noches después de dejar a su novia Josefina en su casa, un hombre se le acerca al viejo escritor y le pide permiso para sentarse a su lado. Es un hombre —nos cuenta Cansinos— de unos cuarenta años, de pelo canoso y con el cuello torcido. El escritor le da el permiso y el hombre le ofrece un cigarro. Las bocanadas de humo entran y salen de los pulmones al aire cálido de la noche madrileña. El desconocido le explica a Cansinos que él era uno de los contertulios que acudían a la peña que Cansinos tenía en el café Colonial en los años diez y veinte, donde la bohemia madrileña de esos años había sentado sus cuarteles generales. Se ponen a recordar aquellas noches absurdas, brillantes y hambrientas. Ahora el hombre se dedica a la compraventa de fincas, dice, pero durante la guerra fue el director de un asilo en Valencia llevado por monjas.

—Imagínese que allí tuvimos a Mínguez, ¡al célebre Mínguez! —exclama.

Mínguez es «el amigo Mínguez» al que Cansinos le dedica todo un inolvidable capítulo en su Novela. Mínguez el bohemio, un joven de aspecto gastado y decrépito, calvo, sin dientes, y de cara arratonada, que vive de enseñar el alemán a sus amigos por un duro al mes y arrimado al mecenazgo menesteroso y encubierto de un bohemio criptoburgués como Ledesma Miranda. Pero Cansinos no dice nada, solo asiente.

Allí (pero no especifica si en el asilo o en Valencia) vio también al no menos célebre doctor Villegas, con un carnet comunista.

—Un día se despidió de mí, hasta la eternidad, dando por seguro que lo fusilarían los nacionales.

El hombre, por fin, aplastó la colilla del cigarro en el suelo. Luego dijo:

—A mí no me pasó nada. Las monjas me avalaron.

Después de media hora recordando aquellas noches, el hombre se despide y le dice su nombre, que Cansinos no retiene. Cuando quiere registrarlo en su diario, esto es todo lo que recuerda: que sonaba como Olazábal o algo así.

Esta anotación del Diario de posguerra 1945–1946 de Rafael Cansinos Assens, es la única mención que he hallado hasta el presente de Fernando Villegas Estrada, médico y poeta bohemio, autor de Café romántico y otros poemas (1927) en las memorias y diarios de Cansinos Assens. Como se puede ver, era también uno de los tertulianos del Café Colonial y, sin embargo, no parece haber llamado nunca la atención de Cansinos. Este no lo menciona ni una sola vez en su novela-bazar, en su novela-rastro La novela de un literato, por donde desfilan todos los bohemios del Madrid de los años diez y de los años veinte, harapientos y precedidos por su mal olor.

De esta breve escena, que yo he recreado un poco aquí para darle algo de perspectiva, pero que puede consultarse en la página 243 de la mencionada edición (según la versión de la misma que ha puesto en circulación la editorial Arca por Amazon), podrían extraerse algunas conclusiones: 1) Parece que Cansinos, en efecto, seguía sin saber quién era Villegas Estrada. ¿Cómo no se fijó en él, en las peñas del Café Varela o en las del Colonial, si testigos como González-Ruano y Marqueríe nos lo describen como un bohemio estrafalario vestido poco menos que con harapos? A Caninos esas cosas no se le escapaban nunca. Una ausencia inexplicable. 2) El hombre no dice que vio al célebre bohemio o al poeta Villegas; lo que pone de relieve al comentarlo es su condición de doctor, es decir, de médico. Quizás porque era en su condición de médico que había llegado a la costa levantina. 3) El que dispusiera de un carnet comunista, indica que Villegas estaba en peligro, pues lo más probable es que hubiera huido a Valencia después del golpe de estado de Segismundo Casado contra el gobierno de Juan Negrín en marzo de 1939. La guerra ya se daba por perdida. El pánico se desató en la población madrileña por miedo a las represalias de los nacionales. Muchos vieron la única salida posible en el Mediterráneo, y empezaron a huir en masa hacia los puertos del levante español por la carretera de Valencia. Para un teniente médico madrileño como Villegas (así lo pinta Carrere en La ciudad de los siete puñales), no era tan difícil la huida, desde el punto de vista logístico. Podía requisar alguno de los vehículos que controlaba el Cuerpo de Sanidad, llenarlo de gasolina y conducir a toda prisa. No lo haría solo, además. Por entonces había corrido el bulo de que varias potencias europeas como Francia y Gran Bretaña habían fletado decenas de barcos mercantes para evacuar a los refugiados y militares republicanos antes de que llegaran los franquistas. Pero al llegar a la costa levantina se llevaron el chasco de su vida: ni rastro de los barcos salvadores, mientras que las fuerzas de Franco, con ayuda de una división italiana, bloquearon los puertos de Valencia y Alicante. En aquella coyuntura, Valencia se convirtió en una trampa mortal. Si Villegas Estrada llevaba todavía el uniforme y las insignias de teniente médico del Ejército rojo, su destino estaba cantado: una ejecución sin juicio frente al paredón, como el propio Villegas temía según el relato del desconocido. ¿Habrá muerto Villegas Estrada a finales de marzo o principios de abril de 1939 en Valencia? Difícil responder. De un artículo que le dedicó Emilio Carrere en 1945, que este que describe un encuentro entre ambos en el rastro de Madrid, se deduce (pero solo se deduce) que la escena tuvo lugar después de la guerra. ¿Se habrá confundido Carrere de tiempo? (Aunque quizás el confundido soy yo). Imposible responder sin más información. Pero al menos tenemos ya un nuevo punto, y un punto realmente importante, para seguir trazando más líneas y lograr descifrar el dibujo.

sábado, 30 de mayo de 2026

La América zombi

Me entero de que los senadores del partido conservador están muy disgustados con el llamado fondo de compensación por instrumentalización de la política de 1776 millones de dólares (cifra carismática en el año del 250 aniversario de la nación) que prepara la Casa Blanca para recompensar las tropelías cometidas por los sublevados que, a las órdenes del ahora y también entonces presidente del país, asaltaron el Congreso de los Estados Unidos de América, con el objeto de linchar al vicepresidente Pence, evitar la alternancia pacífica del poder presidencial después de las elecciones y dar así un golpe de estado que permitiera al entonces y también ahora presidente mantenerse en el poder a pesar de haber perdido las elecciones de noviembre de 2020. Al parecer, según algunos testigos de la reunión entre senadores conservadores y el ministro de justicia en funciones, un fulano con cara de sapo llamado Todd Blanche, muchos de los dichos senadores estaban muy cabreados con la idea y las explicaciones del sapo Blanche. No las han podido tragar, y mucho menos digerir, porque les saben a eso, a sapo. ¿Pero y qué van a hacer? ¿Oponerse a la medida? ¡A buenas horas mangas verdes! Ni pueden ni van a hacer nada porque ya no son más que una pandilla de pusilánimes y de meapilas, sin fibra moral ninguna y de una astronómica cobardía, que han estado haciendo la vista gorda y dejado hacer y deshacer lo que le ha dado la gana al actual —y también entonces— inquilino de la Casa Blanca. Lo que pasa es que ahora se dan cuenta por fin de que la historia, o por lo menos los historiadores (si es que aún queda alguien honesto en el país para entonces) van a ser implacables con ellos cuando llegue el momento de dar cuenta y de pasarles la factura de la infamia irredimible de estos tiempos de ignominia y descrédito. Pero déjenme que les aclare primero quién es Blanche, para que así entiendan mejor la situación. Como decía arriba Blanche es el ministro de justicia interino de los Estados Unidos. Es interino porque todavía no ha sido confirmado. Pero está haciendo méritos para que su amo, el presidente, lo nombre oficialmente para el puesto. En este país el ministro de justicia no es sólo el ministro de justicia, es también el fiscal general de la nación, y, por tanto, es el principal brazo ejecutor de las leyes del país. En España, ambos cargos son independientes, al menos en la letra de la constitución (tal vez luego la realidad de la política impone otras dinámicas, pero lo cierto es que, al menos en teoría, pueden actuar de forma independiente). La predecesora de este fulano Blanche, la señora Pam Bondi (bad Bondi!) fue despedida no hace mucho por su amo, el presidente, de ese puesto codiciado ahora por el sapo Blanche. Despedida por no ser lo suficientemente diligente en hacer desaparecer a tiempo o por lo menos ocultar los papeles de Epstein, como le había pedido su amo, el presidente, y por no esforzarse con el denuedo apropiado en perseguir judicialmente y tratar de encarcelar a los enemigos políticos específicos que le indicó su amo, el presidente, en un mensaje que se hizo público. Blanche está mostrando mucha mayor diligencia y empeño en esta última línea de trabajo. Pero volviendo a los senadores: están muy enfadados porque este nuevo atraco del presidente a las arcas públicas de la nación, les pone por fin a su cobardía, a su sordidez moral y a su traición a la Constitución americana un broche que tiene todo el brillo del oro de las treinta monedas de Judas, y que eso ya se quedará registrado para siempre en las páginas más demeritorias de la historia de este país. Porque bien saben, aunque no lo digan ni lo quieran reconocer, que la América que conocíamos murió aquel 6 de enero de 2021. La América que ahora anda a trompicones por ahí, sin saber adónde va y huyendo hacia adelante es un zombi que aún no sabe que está muerto. Sí, como los zombis, todavía camina y es capaz de destruir y de devorar todo lo que se le ponga por delante, pero ya no es más que un cadáver, un autómata galvanizado por sus propios reflejos de un poder que se le escapa de las manos. Murió aquel día y la remataron poco después estos mismos senadores que ahora se echan las manos a la cabeza, cuando empezaron a templar gaitas y finalmente absolvieron al entonces (y también ahora) presidente en el juicio político de destitución iniciado contra él por el Congreso. Este inicuo fondo de cerca de dos mil millones de dólares a repartir entre los secuaces y los amigos del presidente, de carácter secreto y sin ninguna supervisión, revela con toda claridad hasta qué punto han traicionado estos políticos a su propio electorado. La corrupción de la Casa Blanca es un espectáculo diario que ya ni siquiera se pretende disimular. Algunos se están despertando ahora. Otros aún siguen dormidos en un sueño irresponsable, anestesiados por su propia ignorancia. Pero el ridículo dinosaurio naranja sigue ahí, como uno de esos zombis de las películas que ignoran ya han muerto, atrapado entre las cuatro paredes de una casa que amenaza derribar antes de que todos (y sobre todo él mismo) se den cuenta de que es un zombi.

domingo, 15 de febrero de 2026

Flores enfermas, de Antonio Cruz Romero



Recibo uno de los últimos libros del joven poeta almeriense Antonio Cruz Romero, quien, lejos de ser solo poeta, es también narrador, crítico literario y cultural, traductor (sobre todo de poetas holandeses), notable hebraísta y dinámico bloguero: Flores enfermas (Piélagos: Libros del Aire, 2023). En el título, hay un guiño evidente a Baudelaire, pero ¿es el libro realmente baudelairiano? Es inevitable pensar en ello, y además uno suyo encabeza los numerosos epígrafes de la primera página: “Le dedico estas flores enfermizas”, que, como todo el mundo sabe, no es un verso sino las últimas palabras de la dedicatoria liminar a Théophile Gautier que figura en el famoso poemario, el primero de la modernidad. (¿Y quién está detrás de ese pronombre de objeto indirecto? Porque es obvio que no se trata de Gautier, sino quizá de Eva, la afortunada dedicataria del poemario: “por enseñarme el significado de las flores enfermas”). ¿Las flores como tema? ¿Qué clase de flores? Tal vez: los poemas de nuestro tiempo; pero ¿de un tiempo enfermo?

El libro se divide en dos secciones, tituladas “Cartografía fúnebre” y “Solo los amantes sobreviven”, respectivamente. Hay un aliento, un soplo, un hálito visionario que recorre todo el libro. ¿Pero se trata de un realismo visionario o de un expresionismo realista? A mí me parece que se trata más de un existencialismo militante que trata de absorber, de bombear, de exprimir la luz que se esconde en la rugosa o fea realidad, la luz que se oculta en las cosas: extraer el zumo visionario que empapa o que se agazapa en las tupidas fibras de lo que nos rodea. La física subatómica nos dice, desde Rutherford, que lo que parece compacto está en realidad hecho de vacíos. Tal vez la poesía es una manera de formular el vacío que acumulamos, el vacío que somos.

Las alusiones viajan por el tiempo y el espacio, y por la lengua y la cultura (siempre en plural) como si todo fuera un magma de correlaciones electrificado por la corriente poética, a la manera de los imanes de Faraday, capaces de revelar la fuerza interior del vacío al organizar en campos magnéticos las virutas de hierro y darle sentido a ese vacío. También el vacío de la vida está lleno de signos y virutas en busca de significado: de nuestro significado en el mundo (véase “El pájaro del cementerio de Zorgvlied”, poema que se relaciona con otro anterior, “La tumba de Wigman”). La convicción que expresan estos poemas es que la vida costea de manera permanente el litoral siempre cercano de la muerte. No en vano esta sección del libro exhibe un esencial (y hasta exótico) romanticismo de cementerios. Contraste duro entre la vida y la muerte, entre la luz radiante de la mañana, del aire fresco y claro que habitan los pájaros, frente a la sombra y la herrumbre que empapan esa tierra llena lombrices. El poeta es el loco, el desnortado Hamlet que acude a los cementerios a buscar un sentido a la existencia (“El cementerio de Buiksloot”), como si exprimiendo tanta oscuridad y tanta herrumbre pudiera sacar unas gotas de luz desesperada. Así entiendo yo “Cartografía fúnebre”. El realismo de lo cotidiano se combina adrede con ramalazos visionarios para expresar este dualismo trascendente, para quebrar esa realidad, igual que un relámpago cuartea la negrura de la noche.

Los poemas de la segunda parte, por el contrario, están dominados por una grande avidez por absorber todo lo que rodea al ser amado: este no es solo un ser; es todo el mundo que conlleva, como se ve en el poema “Celosía”. Ajeno al formalismo, el poeta habla en sus poemas, más que en versos, en versículos animados por el viento de la vida misma, por el ritmo de la respiración de las palabras, no el de los acentos o las rimas. Es también la respiración de los cuerpos que jadean unidos al amarse. Aparece el poeta, en esta segunda sección, poseído por la idolatría del otro, que se fundamenta en gustos, en un romanticismo de signos, en paseos por Ámsterdam, en una mitología moderna hecha de películas, de actores, de libros, que salta de Virgilio a Nosferatu, de Isaac Luria a Ava Gardner y a Bogart, o de las citas bíblicas a Edgar Allan Poe. Los amantes están inmersos en el hipertexto del mundo, como si ese hipertexto fuera el tejido de la colcha que los envuelve en su lecho de amor, un universo de signos en el que ellos mismos (y también nuestras vidas) son signos. Pero ¿qué significan? Signos a la deriva, pero ¿sin rumbo?; quiero decir, ¿sin sentido? Solo el amor les da su significado. El amor es el único antídoto contra la muerte, contra el sinsentido de la vida. Eros contra Tánatos. El amor siempre aporta ese extraño asombro de no pertenecernos, de dejar de estar dentro de nosotros mismos, de que otra persona se apodere del rumbo de nuestro destino, de los dominios de nuestro territorio personal, de nuestro propio cuerpo, de nuestro barco por el mar de la vida. Es el asombro y la terrible realidad de dejar de poseernos a nosotros mismos. Por eso el amor tiene siempre algo de cataclismo y de revolución. Como decía Luis Cernuda en “Los placeres prohibidos”, “libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofríos”. Pero esa pertenencia, con la correspondiente desapropiación de uno mismo, es doble: los seres que se aman no comprimen, sino que expanden sus universos. Son dos universos que se juntan, dos reinos que se unen para transformarse en otra cosa, en otro reino. Los poemas de “Solo los amantes sobreviven” están embargados por ese asombro, respiran la libertad de ese encierro, celebran la derrota o el éxito de esa capitulación individual, de ese saberse amos y a la vez esclavos del otro. En “Ostracismo” el poeta declara esta perplejidad: “aún no sé dónde empiezas tú y dónde termina el mar […] / acaso no existes, quizá te he inventado yo”. ¿Inventamos a esa persona para reinventarnos a nosotros mismos? ¿Para volvernos otros? La drástica declaración con que empieza el poema titulado “La balada de la sirena y el marinero” expresa ese voluntario suicidio espiritual: “Esta noche voy a naufragar en tus ojos”. El poeta es el marinero que prevé su muerte por ahogamiento.

El poemario contiene cuarenta poemas: diecisiete en la primera parte y veintitrés en la segunda. Las citas, los epígrafes, los guiños literarios, las alusiones a Bécquer (“con sus muertos eternamente mudos / tan solos” o en “volverá, seguro que volverá / el zorzal…”) a Machado (“Mi infancia son recuerdos de veranos”), a Shakespeare, a Eliot, a Cernuda (“la noche […] colmada de realidad y hasta de deseo”), a Nerval, a Jack the Ripper, las alusiones a personajes reales o de la ficción literaria o fílmica, a músicos, etc., forman una cartografía cultural que es como una malla súper resistente, la telaraña hipertextual de la realidad, en la que nos debatimos, a la que estamos adheridos y de la que no podemos librarnos: nos balanceamos en ella como los elefantes de la absurda tonada popular. Nos morimos en ella, por ella y con ella.



Vidas borrosas