De un día para otro, las temperaturas descienden a la mitad: de los 32 grados centígrados del pasado viernes a los 16 de ayer y de hoy [escribo esto el domingo 13 de septiembre], con cielos veteados de nubes que van del gris oscuro al nacarado, cruzados de venas de rizada espuma blanca. La lluvia (no los aguaceros trepidantes y repentinos típicos del final del verano, sino esa lluvia tan suave y despaciosa como persistente típica de Galicia) también nos ha venido a refrescar un poco después de días de soles y brisas ardientes como brasas. ¿El otoño? Espero que sí. Parece haber llegado de repente, sigiloso y sin anunciarse. Es la estación que más me gusta.
¿Y qué quieren que les diga? También el tiempo está nublado en la atmósfera política y económica de este país. Yo querría solo hablar de literatura en estas páginas electrónicas, pero no consigo apartar mi atención de todo lo que está pasando en los Estados Unidos de América. Las señales de un rápido colapso se acumulan. Ojalá esté equivocado. Mi pesimismo gallego me lleva, sin embargo, a temer lo peor. Aunque todo esto se veía venir, como he estado advirtiendo aquí para quien quisiere leer. Lo que no pensaba es que sucedería tan rápido. Después de todo, Hugo Chávez necesitó casi una docena de años para terminar de destruir Venezuela. De modo que, supuse, el trumpismo necesitará por lo menos dos docenas. Veo que estaba equivocado en mis cálculos: parece que lo va a conseguir solo en dos años. Estos dos últimos años.
Dado el clima oscuroso de hoy, se me ocurre titular este escrito «Tiempo nublado», pero enseguida me doy cuenta de que no es un título muy original: Octavio Paz publicó a finales de los 80, creo, un libro titulado así. En cualquier caso, le conviene. Y, además, puedo hacerlo como un homenaje al llorado maestro mexicano, un gran admirador y defensor de la cultura política estadounidense que, estoy seguro, vería con horror lo que está sucediendo actualmente en el país, si fuese testigo de estos tiempos. Estoy completamente seguro de que él vería con la misma seguridad con que yo lo veo que el llamado trumpismo reúne, acumulados en una especie de zumo o concentrado, los peores defectos de esta sociedad.
Ya he dicho más de una vez que Trump no inventó el trumpismo, sino que es el trumpismo el que ha creado a Trump a su imagen y semejanza. Trump carece de imaginación para inventar nada. Pero capacidad para mentir, para engañar, para destruir, para enredarlo todo, para decir digo donde antes dijo Diego, para desorquestar el orden y sembrar el caos, y para reducirlo todo a cenizas (como esos inquilinos que, cuando ya saben que el desahucio es inevitable, abandonan por fin del piso que ocupan, pero no sin antes quemar los muebles y romper puertas y ventanas) esa sí que la tiene. Porque, muy al contrario de lo que muchos piensan, Trump no es un fenómeno extraordinario, sino uno de esos productos averiados tan típicos de la sociedad americana (como Rudy Giuliani, como Mike Lindell, como Sydney Powell, como Pete Hegseth, como el sapo Blanche, como el lunático Lutnik, como la bad Bondi y tantos y tantos otros), y el trumpismo, aunque sin este nombre hasta el advenimiento a la política del engendro que me ocupa en estos párrafos, ha estado aquí desde el principio mismo del nacimiento de la nación. Lo extraordinario es que ese trumpismo sin nombre que había estado siempre latente haya conseguido poner esta cochambre en la Casa Blanca; y que un ser insignificante y ruin esté al frente de la poderosa máquina del país económica y militarmente más poderoso del mundo. Y por segunda vez. ¿Se habían olvidado ya de cómo terminó la primera? ¡Pues imagínense cómo puede terminar esta segunda!
Porque, aunque evolucionen, las naciones no cambian tanto, y las guerras civiles y las revoluciones, pese a las apariencias, nunca acaban de erradicar los males que internamente las devoran o las hacen falibles. A fin de cuentas, una nación es la gente que vive en ella y las tradiciones sociales, culturales, económicas y religiosas a las que esas gentes se apegan históricamente y tejen su vida diaria y modelan su forma de pensar. La Revolución Rusa no cambió esencialmente la Rusia burocrática que aparece descrita en las novelas de Dostoyevski. Los bolcheviques terminaron creando una burocracia tan zarista en sus métodos como la que derrocaron. De igual manera, el chavismo no terminó nunca con la corrupción absoluta que campaba en los gobiernos (y, de hecho, en todo el tejido social) de la precaria petro-democracia de la Venezuela del último cuarto del siglo XX, sino que la toleró e incluso la hizo suya como forma de gobierno. También en este caso, el remedio fue peor que la enfermedad.
De la misma manera, el barniz civilizador y el tremendo progreso tecnológico no pueden ocultar que este país tiene apenas, reconozcámoslo, los 250 años que acaba de cumplir, sigue creyendo que las armas son los mejores dispositivos para el diálogo y la manera más simple y rápida de resolver problemas complejos, y que la Biblia está por encima de la Constitución y el individuo solo tiene que responder ante ella, o ante la interpretación, más bien, que hace de ella, incluso en el ámbito civil. Como bromeaba yo con mi buen amigo el poeta Juan Luis Calbarro cuando vino de visita a Hastings College en el mes de abril, si los comparamos con España, los Estados Unidos estarían ahora en la época de los reyes godos. Y, de hecho, no era tan descabellada la semejanza, aunque se tratase de una broma; después de todo, el presidente se comportó como Chindasvinto al ordenar el asesinato a traición de la jerarquía política y diplomática iraní con la que sus enviados negociaban entonces la supresión del programa nuclear del régimen ayatolesco. Bajo la sugestión del genocida Netanyahu, calculó que sería mejor suprimirlos a todos, autoridades y negociadores, y declarar la guerra, que continuar las aburridas negociaciones. Un golpe tan espectacular, se presentaba además como una ocasión única para desviar la atención del público del escándalo de los papeles de Epstein, en los que su nombre brilla precisamente por su omnipresencia.
Imaginen una losa de mármol recorrida por una veta de un color peculiar. La piedra se puede pulir, esculpir o incluso romper, pero la veta persiste; no es posible cambiar la naturaleza original de la losa. Algo similar pasa con los países. En el caso de los Estados Unidos, se trata en esencia, de la idea del “Destino Manifiesto”, espuria doctrina con la que Washington justificó, a mediados del siglo XIX, el robo por los colonos anglosajones, no ya de las tierras de los nativos indígenas, porque a esos ni siquiera se les consideraba entonces humanos, ni tenían títulos de propiedad (y por tanto no era robo en absoluto) sino la anexión de Texas (pronúnciese ‘Tejas’) y la guerra contra México (pronúnciese ‘Méjico’), un país soberano y reconocido por la comunidad internacional, para apoderarse de más de la mitad de su territorio. Es esa convicción moral de que la nación representa un experimento único en la historia, destinado a liderar o moldear el resto del mundo (ya sea mediante el ejemplo, el soborno, el engaño, la presión política, las sanciones económicas, la intervención activa o la guerra total), la que impulsa estos conflictos. Asimismo, el individualismo —el otro gran ingrediente de esa veta que intento describir— podría ser una virtud si no estuviera teñido de un profundo odio innato hacia el gobierno central (Big Government) y sus regulaciones. El ideal libertario es aquí una libertad sin solidaridad, la del individuo que piensa que su libertad está por encima de todo y de todos, y que no está obligado, paradójicamente, a una mínima consideración de la libertad de los demás individuos que viven en su entorno. Tal vez eso es la consecuencia de la enorme extensión del país, y de la escasa población de los estados del interior, eso que aquí se llama Medio Oeste o heartland (corazón de la tierra o corazón de la patria). El individuo aquí nace rodeado de espacio a su alrededor. Los otros están siempre distantes.
Es por eso que yo no le veo mucha solución a los problemas que se están acumulando en la hora presente sobre los Estados Unidos de América como una tormenta perfecta. Es como si todos los cobradores del frac estuvieran presentando al cobro todas las facturas pendientes a la vez. Ya saben por entradas anteriores de esta bitácora que no tengo absolutamente ninguna buena opinión del actual gobierno ni de ninguno de los individuos descerebrados que lo pilotan, empezando por el presidente mismo, un botarate que solo acierto a describirlo como el Hugo Chávez o el Nicolás Maduro de los Estados Unidos, y terminando con el último de sus ministros, colaboradores y consejeros. El trumpismo es como el chavismo, solo que un chavismo anglosajón. Chavismo a la americana. Cuando un presidente y sus ministros necesitan repetir constantemente, cada vez que tienen un micrófono delante, que los Estados Unidos de América es el país más grande del mundo y que su ejército es también el más poderoso del orbe, uno presiente que algo no anda bien en el país. La grandeza se demuestra con hechos, no con palabras, y grandeza es precisamente lo que brilla por su ausencia en todas las acciones emprendidas por este gobierno, movido siempre por la codicia, la arrogancia y una ruindad moral sin paliativos. Y nadie duda de que el ejército americano es desde luego poderoso y dispone de tecnología punta para destruir todo lo que se le ponga por delante, pero también hay que recordar que, desde hace ya más de ochenta años, no ha ganado ninguna de las guerras en las que se ha visto involucrado.
En realidad, lo que más bien podría decirse de este gobierno de los Estados Unidos y de estas horas crepusculares del imperio americano es que empieza a parecerse mucho a una versión televisiva y algo grotesca del imperio romano de la decadencia, como si alguien hubiese decidido hacer un programa de telerrealidad: los soldados americanos patrullan y mueren en fronteras distantes, a miles de kilómetros del país, como ocurre ahora con el estrecho de Ormuz, para mantener la hegemonía militar y comercial del país, de la misma manera que las legiones romanas de la época de Diocleciano, Constantino o Teodosio patrullaban las fronteras más lejanas del imperio para contener la presión de los pueblos germánicos. Y mientras en el interior del imperio romano las élites económicas se volvían cada vez más ricas, las ciudades agonizaban, el tejido social se degradaba, las devaluaciones constantes de las monedas reducían el nivel de vida de las clases medias urbanas y rurales a un nivel de subsistencia, y la pobreza y la servidumbre se expandían por todo el imperio, yo llevo ya algún tiempo viendo señales de un declive similar del nivel de vida de los americanos en los Estados Unidos, donde las facturas del hospital, de los seguros de salud y de vivienda, y los impuestos a la propiedad caen sobre las familias como bombas de racimo que acaban con la vida económica de las clases media y baja. Ojalá me equivoque y mi visión esté por completo distorsionada en este asunto, y mis impresiones sean falsas o el producto de mi pesimismo de emigrante gallego.
Pero también Roma tenía por aquellas épocas un ejército hipertrofiado que absorbía la gran mayoría de los recursos económicos del imperio para mantener las invasiones, las guerras contra los germanos y la defensa de la hegemonía romana, eso que muchos llaman la pax romana. Veo algo parecido en los Estados Unidos: un ejército enorme, diseminado por todo el mundo para mantener la hegemonía y los intereses políticos y económicos del país, y una burocracia militar gigante, la del Pentágono, mientras las clases trabajadoras son desvalijadas por la inflación y los impuestos y sufren una lenta pero progresiva caída de su nivel de vida, mientras que una pequeña élite de mega ricos acumula privilegios, favores políticos, y se hace con la mayor parte de las riquezas del país.
En este contexto, nuestro pequeño emperador naranja se dedica a jugar a la guerra con un país que no nos había provocado, a matar a cañonazos a los pequeños camellos venezolanos que mueven la droga por las islas del Caribe (y tal vez a algún que otro pescador desprevenido), a raptar a dictadorzuelos tropicales cuya catadura moral no es desde luego peor que la suya, a cambiar los nombres de lagos y golfos (como el lago Ontario y el golfo de México, que han pasado a llamarse en los Estados Unidos, y debido a su pobre inventiva, el lago de América y el golfo de América; y ahora que lo pienso: ¡el golfo de América es él!), a perseguir a las personas bajitas y de piel morena (sobre todo si hablan español), a desmantelar todos los sistemas de asistencia social a los más desfavorecidos y a declararle la guerra comercial, mediante aranceles generales y arbitrarios, a todo el mundo mundial excepto a sus admirados Putin, Orbán y King Jong Un.
Pero lo más incomprensible es haberse metido en una guerra que todos los presidentes anteriores (haciéndole oídos sordos a Israel) habían prudente y cuidadosamente evitado, una guerra para la que los Estados Unidos no tenía ni tiene el dinero, y que le saldrá, como las otras, catastróficamente cara. Quizás a base de bombas consigan los cazas americanos reducir a los iraníes a polvo y ceniza, para felicidad de los israelíes, que le darán la enhorabuena a nuestro pequeño emperador naranja. Después de todo, Pete Hegseth, nuestro ministro de la Guerra (conocido por sus problemas con el alcohol y de su tiempo como tertuliano de la Fox en calidad de todólogo, lo que me recuerda la maravillosa capacidad que tiene uno, en este país increíble, de reciclarse a cualquier edad y en cualquier cosa; para ministro de guerra en estos tiempos, uno solo necesita ser lo suficientemente canalla) ha dejado muy claro que a partir de ahora los Estados Unidos solo negocian con bombas. Pero el coste de esa destrucción del enemigo acarreará la propia ruina económica de América misma: con cuarenta millones de millones de dólares de deuda y unos intereses que alcanzan a un millón de millones de dólares anuales, era un suicidio colectivo embarcarse en esa guerra. Nuestro pequeño emperador naranja dice que la ha ganado ya tantas veces (y por goleada, como las elecciones de 2020) que yo ya he perdido la cuenta de tanta victoria clamorosa, y dice también que tiene intención de cambiarle el nombre al estrecho de Ormuz, que pasará a llamarse “estrecho de Trump”. (También baraja la idea de cambiar el nombre de Nuevo México [pronúnciese ‘Méjico’] por el de Nueva América. Tal vez sería bueno recordarle a él y a sus esbirros que Nuevo México tenía ya su historia, la escrita por el capitán español Gaspar de Villagrá y publicada en Alcalá de Henares en 1610, toda una década antes de que el Mayflower, con los Padres Peregrinos, llegara a Cabo Cod en la actual Massachusetts en 1620). En resumidas cuentas, que a pesar de que, según sus palabras, ha ganado esta guerra cientos de veces, ahí siguen los portaaviones americanos, bloqueando el paso por el estrecho y los misiles de ambos adversarios siguen volando y destruyendo cosas. Confieso que nunca había visto victorias tan averiadas como estas, ni tan próximas al fracaso. Por otro lado, parece también que las “bombas de negociar” se le están acabando a Hegseth, lo cual ha dificultado algo el progreso de sus negociaciones con los iraníes en estas últimas semanas. El alto al fuego y el tratado, lejos de concretarse, se ven cada vez más lejos. Pero, háganse ustedes cargo: todo esto no es más que la consecuencia de haber puesto en la Casa Blanca a un completo imbécil rodeado de una corte de bufones y payasos, eso sí, a cual más siniestro e incompetente.
Por si no teníamos ya bastantes problemas, a nuestro pequeño emperador naranja no se le ocurrió nada mejor que agitar el avispero del Oriente Medio esperando obtener un triunfo rápido y limpio como el de Maduro, si tal cosa lo fuera. Nadie parece haberle informado que Irán no se puede comparar con Venezuela (el ejército venezolano no movió ni un dedo y no disparó ni un solo tirito para defender a Maduro; y es obvio la vicepresidenta Rodríguez, que es ahora la presi, estaba seguramente en el ajo de toda la operación), ni que remover ese avispero suele tener consecuencias en los precios de la gasolina. Pero es que además no hay dinero en las arcas para pagar esa guerra (“pequeña operación militar” la llama a veces, olvidando que también Putin calificó así su invasión de Ucrania, y ya lleva cinco años enfangado en esa guerra).
Como en la época del Bajo Imperio romano, las arcas del tesoro estadounidense se agotan en pagar ejércitos estacionados en regiones distantes, patrullar los océanos y los espacios, financiar invasiones y guerras, sostener la burocracia militar elefantiásica del Pentágono, construir armas carísimas cada vez más sofisticadas y mortíferas, mientras que a la población del país no le alcanza para pagar sus alquileres, ni las letras del coche, ni sus cuentas de seguros y hospitales, ni el carrito de la compra. Y los pueblos languidecen y agonizan, arruinados por las deudas y una precariedad laboral cada vez más extendida. A mí me parece que este país lleva así muchos años, incluso décadas, descuidando a su gente, sin invertir en infraestructuras esenciales, comunicaciones y transportes, con una gran parte de su población cada vez más empobrecida, desamparada, y con unos niveles de vida en progresiva decadencia. Es un abandono que se ha prolongado demasiado en el tiempo. Este desdén absoluto por la gente trabajadora y humilde, combinado con un desprecio no menos absoluto por todo lo público, es lo que está dejando al país hecho unos zorros. Los conservadores (mira por dónde, siempre son ellos los que las empiezan) han embarcado a esta nación en una nueva guerra, una guerra totalmente innecesaria, y por completo ilegal e inmoral, sin mediar provocación y por puro capricho. Los nubarrones se agolpan ominosos en el horizonte, y las señales de alarma están saltando una detrás de otra, como en la cabina de mando de un avión descontrolado.
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