domingo, 15 de febrero de 2026

Flores enfermas, de Antonio Cruz Romero



Recibo uno de los últimos libros del joven poeta almeriense Antonio Cruz Romero, quien, lejos de ser solo poeta, es también narrador, crítico literario y cultural, traductor (sobre todo de poetas holandeses), notable hebraísta y dinámico bloguero: Flores enfermas (Piélagos: Libros del Aire, 2023). En el título, hay un guiño evidente a Baudelaire, pero ¿es el libro realmente baudelairiano? Es inevitable pensar en ello, y además uno suyo encabeza los numerosos epígrafes de la primera página: “Le dedico estas flores enfermizas”, que, como todo el mundo sabe, no es un verso sino las últimas palabras de la dedicatoria liminar a Théophile Gautier que figura en el famoso poemario, el primero de la modernidad. (¿Y quién está detrás de ese pronombre de objeto indirecto? Porque es obvio que no se trata de Gautier, sino quizá de Eva, la afortunada dedicataria del poemario: “por enseñarme el significado de las flores enfermas”). ¿Las flores como tema? ¿Qué clase de flores? Tal vez: los poemas de nuestro tiempo; pero ¿de un tiempo enfermo?

El libro se divide en dos secciones, tituladas “Cartografía fúnebre” y “Solo los amantes sobreviven”, respectivamente. Hay un aliento, un soplo, un hálito visionario que recorre todo el libro. ¿Pero se trata de un realismo visionario o de un expresionismo realista? A mí me parece que se trata más de un existencialismo militante que trata de absorber, de bombear, de exprimir la luz que se esconde en la rugosa o fea realidad, la luz que se oculta en las cosas: extraer el zumo visionario que empapa o que se agazapa en las tupidas fibras de lo que nos rodea. La física subatómica nos dice, desde Rutherford, que lo que parece compacto está en realidad hecho de vacíos. Tal vez la poesía es una manera de formular el vacío que acumulamos, el vacío que somos.

Las alusiones viajan por el tiempo y el espacio, y por la lengua y la cultura (siempre en plural) como si todo fuera un magma de correlaciones electrificado por la corriente poética, a la manera de los imanes de Faraday, capaces de revelar la fuerza interior del vacío al organizar en campos magnéticos las virutas de hierro y darle sentido a ese vacío. También el vacío de la vida está lleno de signos y virutas en busca de significado: de nuestro significado en el mundo (véase “El pájaro del cementerio de Zorgvlied”, poema que se relaciona con otro anterior, “La tumba de Wigman”). La convicción que expresan estos poemas es que la vida costea de manera permanente el litoral siempre cercano de la muerte. No en vano esta sección del libro exhibe un esencial (y hasta exótico) romanticismo de cementerios. Contraste duro entre la vida y la muerte, entre la luz radiante de la mañana, del aire fresco y claro que habitan los pájaros, frente a la sombra y la herrumbre que empapan esa tierra llena lombrices. El poeta es el loco, el desnortado Hamlet que acude a los cementerios a buscar un sentido a la existencia (“El cementerio de Buiksloot”), como si exprimiendo tanta oscuridad y tanta herrumbre pudiera sacar unas gotas de luz desesperada. Así entiendo yo “Cartografía fúnebre”. El realismo de lo cotidiano se combina adrede con ramalazos visionarios para expresar este dualismo trascendente, para quebrar esa realidad, igual que un relámpago cuartea la negrura de la noche.

Los poemas de la segunda parte, por el contrario, están dominados por una grande avidez por absorber todo lo que rodea al ser amado: este no es solo un ser; es todo el mundo que conlleva, como se ve en el poema “Celosía”. Ajeno al formalismo, el poeta habla en sus poemas, más que en versos, en versículos animados por el viento de la vida misma, por el ritmo de la respiración de las palabras, no el de los acentos o las rimas. Es también la respiración de los cuerpos que jadean unidos al amarse. Aparece el poeta, en esta segunda sección, poseído por la idolatría del otro, que se fundamenta en gustos, en un romanticismo de signos, en paseos por Ámsterdam, en una mitología moderna hecha de películas, de actores, de libros, que salta de Virgilio a Nosferatu, de Isaac Luria a Ava Gardner y a Bogart, o de las citas bíblicas a Edgar Allan Poe. Los amantes están inmersos en el hipertexto del mundo, como si ese hipertexto fuera el tejido de la colcha que los envuelve en su lecho de amor, un universo de signos en el que ellos mismos (y también nuestras vidas) son signos. Pero ¿qué significan? Signos a la deriva, pero ¿sin rumbo?; quiero decir, ¿sin sentido? Solo el amor les da su significado. El amor es el único antídoto contra la muerte, contra el sinsentido de la vida. Eros contra Tánatos. El amor siempre aporta ese extraño asombro de no pertenecernos, de dejar de estar dentro de nosotros mismos, de que otra persona se apodere del rumbo de nuestro destino, de los dominios de nuestro territorio personal, de nuestro propio cuerpo, de nuestro barco por el mar de la vida. Es el asombro y la terrible realidad de dejar de poseernos a nosotros mismos. Por eso el amor tiene siempre algo de cataclismo y de revolución. Como decía Luis Cernuda en “Los placeres prohibidos”, “libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofríos”. Pero esa pertenencia, con la correspondiente desapropiación de uno mismo, es doble: los seres que se aman no comprimen, sino que expanden sus universos. Son dos universos que se juntan, dos reinos que se unen para transformarse en otra cosa, en otro reino. Los poemas de “Solo los amantes sobreviven” están embargados por ese asombro, respiran la libertad de ese encierro, celebran la derrota o el éxito de esa capitulación individual, de ese saberse amos y a la vez esclavos del otro. En “Ostracismo” el poeta declara esta perplejidad: “aún no sé dónde empiezas tú y dónde termina el mar […] / acaso no existes, quizá te he inventado yo”. ¿Inventamos a esa persona para reinventarnos a nosotros mismos? ¿Para volvernos otros? La drástica declaración con que empieza el poema titulado “La balada de la sirena y el marinero” expresa ese voluntario suicidio espiritual: “Esta noche voy a naufragar en tus ojos”. El poeta es el marinero que prevé su muerte por ahogamiento.

El poemario contiene cuarenta poemas: diecisiete en la primera parte y veintitrés en la segunda. Las citas, los epígrafes, los guiños literarios, las alusiones a Bécquer (“con sus muertos eternamente mudos / tan solos” o en “volverá, seguro que volverá / el zorzal…”) a Machado (“Mi infancia son recuerdos de veranos”), a Shakespeare, a Eliot, a Cernuda (“la noche […] colmada de realidad y hasta de deseo”), a Nerval, a Jack the Ripper, las alusiones a personajes reales o de la ficción literaria o fílmica, a músicos, etc., forman una cartografía cultural que es como una malla súper resistente, la telaraña hipertextual de la realidad, en la que nos debatimos, a la que estamos adheridos y de la que no podemos librarnos: nos balanceamos en ella como los elefantes de la absurda tonada popular. Nos morimos en ella, por ella y con ella.



Flores enfermas, de Antonio Cruz Romero